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PBRO. ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Son muchas las cualidades que ostentan los tiempos actuales y numerosos los recursos que nos ofrecen para alcanzar en todo, tres de los grandes valores del mundo contemporáneo: calidad, excelencia y competitividad.
Sin embargo, con demasiada frecuencia, nosotros, los cristianos, preferimos seguir haciendo las cosas “a la antigüita” o, mejor dicho, “a la buena de Dios”. Nada expresa mejor nuestro profundo desfase con relación al tiempo en el que vivimos que esta forma de pensar y de actuar. Si hubiera museos vivos de cómo se hacían las cosas hace doscientos años, nosotros podríamos calificar para eso.
Lo extraño es que calidad, excelencia y competitividad, son parte de la esencia misma de los Evangelios, ¿no se conoce la calidad del árbol, por la calidad de su fruto? ¿No es la excelencia sinónimo de la perfección a la que se debe siempre aspirar? ¿No es la vida un combate y una competencia, como enseña san Pablo? Todos estos valores, el mundo actual nos ayuda a perfeccionarlos, profesionalizando las acciones cotidianas que realizamos como es comunicar, educar, organizar, promover.
La evaluación constante es otro gran valor secular, ¿pero no es igualmente parte de la entraña misma del Evangelio? ¿En qué parte del camino dejamos de ver los grandes recursos que hoy tenemos y aún perdimos los valores prácticos y fundamentales de la vida cristiana?

Hoy día la evaluación es una herramienta profesional de alto nivel a la que todo mundo se sujeta sin temor ni dobleces, porque es un elemento que condiciona la salud de las organizaciones en todos los aspectos.

Evaluar la calidad de los servicios y de los productos, de las actitudes y de los manejos financieros, es de suma importancia para garantizar el crecimiento y la prosperidad, no es algo que deba seguirse haciendo a la buena de Dios.
Por lo mismo, todos los grupos, organizaciones e instituciones, del tipo que sean, deberían solicitar espontáneamente ser auditados, e incluso tener sus propias entidades de auditoría interna que les ayuden a saber la condición concreta en la que se hallan. La auditoría no es entonces una amenaza, a menos que la administración sea caótica o deshonesta, pero si cada quién está haciendo las cosas bien, ¿por qué no solicitar una auditoría profesional para que le ayude a hacerlas mejor?
Toda comisión o dependencia que maneja dinero, muy particularmente, debería estar obligada a la auditoría, pues así se evitan lo mismo descuidos administrativos que malos manejos y, sobre todo, el “sospechocismo”, esa tendencia a dudar de personas e instancias, suponiendo sin que conste, que están haciendo las cosas mal.
Transparentar, informar, explicar, aclarar acerca del uso que se hace de los bienes eclesiásticos, muebles e inmuebles, de un organismo laical, de una parroquia o de una diócesis, es de suma importancia, pues al buen administrador de los recursos se le confían más, y al que los esconde o los malversa, ya será ventaja que los reponga.

armando.gon@univa.mx

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