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Un pastor “de altos vuelos”

José Manuel Gutiérrez Alvizo

En la medianía de los pueblos alteños de San Juan de Lagos y Encarnación de Díaz se encuentra el pueblo de Santa María Transpontina. Fue en este poblado donde vería la primera luz el día 7 de mayo del año 1934 el infante al que pondrían por nombre Salvador, quinto hijo del matrimonio formado por don Refugio Ramírez Cervantes y doña Ignacia Morones Serrano. Seis días más tarde recibiría el baño bautismal por manos del presbítero D. Timoteo Martín del Campo, siendo sus padrinos Moisés Verdín y Agustina Villalobos.

La infancia transcurrió entre las bases sólidas de la fe trasmitida en la sencillez familiar y las alegrías y penas de la vida, una de ellas, fue la muerte del progenitor en 1939, cuando Salvador contaba con tan solo 5 años de edad. Al año siguiente recibiría el Pan de los fuertes, pues a la edad de 6 años accedería a la Primera Comunión siendo su padrino el presbítero y poeta D. Maximino Pozos Hernández.

Llamado para servir, llamado para formar

Siguiendo los designios providentes del Señor, fue llamado a responder a la vocación sacerdotal a la prematura edad de 9 años. Bajo el impulso del P. Antonio Silva, se encaminó a proseguir sus estudios iniciales en el Seminario auxiliar de Lagos de Moreno, intercalando sus estudios entre este plantel y el ubicado en San Juan de los Lagos. En este lapso de su formación coincidió en las aulas como compañero suyo Felipe Aguirre Franco, quien a la postre sería obispo de Tuxtla Gutiérrez y Arzobispo de Acapulco. Don Felipe Aguirre amablemente nos proporcionó este testimonio:

“Cuando yo ingresé al Seminario de Lagos de Moreno como Auxiliar del de Guadalajara, él iba adelante de mí, un año escolar. Entre los chicos del Seminario Menor él tenía fama de ser muy listo para los estudios; era muy “chabeta” es decir, un muchacho inteligente. Teníamos 11 años de edad”.

La consecuente etapa se desarrollaría en la capital tapatía, en el Seminario Conciliar de Señor San José continuó la docena de años siguientes correspondientes a su formación, tiempo que transcurrió entre la tenacidad de la aplicación a los estudios y el afecto y convivencia fraternal de su correligionarios. Según recuerda Mons. Aguirre:

“Era un muchacho disciplinado y estudioso. Fue sobresaliente en sus estudios y varias veces presentó exámenes públicos y de honor ante las autoridades eclesiásticas y los alumnos del Seminario. Cuando ya cambiamos de voz, los dos ingresamos a la Schola Cantorum del Seminario Mayor […] nos acoplábamos muy bien para interpretar a dúo nuestros cantos que aprendíamos en el coro”.

A la edad de 23 años recibió la ordenación diaconal, eligiendo como frase programática para su ministerio la cita bíblica que arropa la respuesta vocacional del profeta Samuel: “Aquí estoy porque me has llamado” (1 Sam 3, 6)”.  La parroquia de Totatiche lo recibiría durante un año para ejercer allí el ministerio de ser servidor de todos.

El día de la ordenación presbiteral fue el 31 de mayo de 1958, por manos del Arzobispo don José Garibi Rivera. Lleno de felicidad fue ordenado sacerdote siendo su padrino el P. Evaristo Vázquez.

Fue el 5 de junio de ese año la cantamisa en su pueblo natal Santa María Transpontina.

Pronto recibió la encomienda de tener como destino el Seminario. El primer nombramiento se dio para el Seminario de Tula, Hidalgo. Después por espacio de 4 años en la casa del Seminario en Tapalpa, Jalisco como maestro y director espiritual, siendo en este lapso compañero del Pbro. Juan Sandoval Íñiguez, futuro Arzobispo tapatío y Cardenal. Posteriormente sería trasladado al Seminario Menor de Guadalajara con el oficio de la dirección espiritual de los seminaristas menores. Su última etapa como formador del Seminario la desarrolló en el área de vocaciones.

Un ministerio particular, el servicio de la diplomacia

Tras más de 15 años de ministerio en la formación, permaneció por 18 meses prestando su ministerio en la parroquia de Santa Inés en la ciudad, tiempo corto en el que disfrutó de las alegrías ministeriales en compañía de una grey parroquial. Sin embargo la voluntad de Dios tuvo otros planes para él, pues fue llamado a ejercer su servicio como secretario en la Delegación Apostólica en México. Esta institución posteriormente denominada Nunciatura Apostólica, lo recibió desde 1975 hasta 1981. Lapso en el cual recibió la encomienda de organizar todo lo concerniente a la visita pastoral del hoy canonizado Papa Juan Pablo II, en enero de 1979; comisión que le permitió estar muy de cerca del Romano Pontífice.

 Sacerdote enamorado del confesionario

Tras 6 años de oficio diplomático, el padre Salvador fue llamado  como párroco de San Miguel del Espíritu Santo por espacio de 23 años, de 1981 a 2003. donde desarrolló un fecundo ministerio, en esta parroquia celebró sus bodas de plata sacerdotales.

En el crepúsculo de sus años fue designado a servir como vicario parroquial del Santuario de Guadalupe, bajo la guía del párroco D. Ernesto Estrella, el padre Salvador se distinguió por ser un implacable confesor, enamorado del sacramento de la reconciliación, los agentes de pastoral del Santuario lo recuerdan como buen confesor y como un hombre de profunda oración.

Se apagó la luz de su mirada…

Los últimos años del padre Salvador transcurrieron sirviendo en el Santuario de Guadalupe,

En el año 2008 se celebraron sus bodas de oro sacerdotales. En ese mismo año su salud se vio disminuida pero siguió sirviendo desde el Santuario. Al transcurrir el tiempo su vista se fue apagando, al grado que los últimos años de su vida los vivió con una limitada visión. Seguía celebrando la Misa y la hacía de memoria.

Con la llegada de la pandemia de Covid-19 permaneció celebrando en su casa, al reanudarse la participación presencial de la asamblea fue invitado a concelebrar en la Misa de la 1 de la tarde. Sentía gozo de poder sentirse activo en el servicio del Altar.

Cuando a inicios del año 2022 la ola de contagios aumentó, el padre Salvador decidió permanecer en aislamiento, aún así sufrió el contagio de la enfermedad, comenzó con un leve resfriado y un poco de tos, después ya no pudo caminar y permaneció en cama los 5 días siguientes, al agravarse su estado de salud fue hospitalizado el jueves 3 de febrero.

Durante la hospitalización, con las secuelas de su frágil salud, no se le escuchaba queja alguna, solía decir “que lo poquito que sentía era un sacrificio a Dios, y decía ¡Viva Cristo Rey!, ¡Viva Cristo Rey!.

Fue en los, primeros días de febrero, los últimos cuatro días de su vida, cuando se le escuchaba esta alabanza a Cristo Rey. En este tiempo escuchaba la celebración de la Misa y el rosario.

Con 87 años a cuestas, el sábado 5 de febrero, al rededor de las 9 a.m. fallece. Su causa de muerte fue insuficiencia respiratoria a causa del Covid.

La capilla de San Juan Diego, anexa al Santuario de Guadalupe, se acondicionó como capilla ardiente para velar sus restos. El domingo 6 de febrero a las 13 horas fue su Misa de exequias. Además se ofrecieron novenarios de Misas en el Santuario de Guadalupe y en la parroquia de San Miguel del Espíritu Santo.

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