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Alfredo Arnold

Los partidos políticos están sujetos a la Ley General de Partidos Políticos, aunque en la práctica, si son capaces de burlarse de las leyes electorales, con mayor facilidad se las ingenian para ignorar otros ordenamientos. Los partidos son asociaciones de interés público que se deben conducir de acuerdo con ciertos principios e ideas. Su función es promover los valores cívicos, canalizar las demandas de la población o por lo menos las de sus agremiados y llevar al poder a sus representantes por medio de elecciones.
En pocas palabras, deben promover la democracia. En países totalitarios, a pesar de que existan, su actividad está muy acotada.
Los partidos también deben ser el medio idóneo para la expresión de la ideología política de sus simpatizantes.
En México, desde la Independencia hasta el Porfiriato predominaron dos bandos: los liberales y los conservadores. El encono entre ambos llegó al grado de producir guerras internas invasiones extranjeras que afortunadamente cesaron en el siglo veinte, no sin antes ocurrir terribles baños de sangre durante la Revolución y la Guerra Cristera.

Hoy, los partidos políticos no son promotores de valores cívicos ni el mejor medio para expresar ideas; carecen de mística aunque tengan formalmente una declaración de principios y sólo están interesados en conservar sus privilegios y lograr el mayor número de puestos de elección popular, que por cierto son muchísimos en el país: presidente de la República, senadores y diputados federales, gobernadores, diputados locales, alcaldes y regidores. Todas sus baterías apuntan a obtener el “hueso”.

Para la sociedad en general no es fácil identificarse con un partido. Por ejemplo, hay jóvenes que creen en el valor de la familia y el matrimonio heterosexual; también hay jóvenes que apoyan y practican la diversidad sexual y hay quienes exaltan una cultura nihilista o existencialista. Este tema, más allá de lo filosófico tiene que ver con políticas públicas; entonces, ¿qué partido político le recomendaríamos a cada uno de ellos si quisieran entrar a la política?… francamente, está muy difícil elegir.

A la falta de una ideología clara se le suma la inconsistencia de sus líderes. La deserción partidista se ha normalizado. La reciente renuncia de cuatro senadores priístas no es nueva, recordemos que en 2017 el fallecido gobernador de Puebla, Miguel Barbosa, líder de los senadores del PRD y con 23 años de militar en ese partido, renunció llevándose a varios compañeros a la bancada del PT y de ahí a Morena. Eufemísticamente les llamamos “chapulines” por su habilidad para brincar de un lado a otro. Podrán decir que están en su derecho, pero en realidad cometen un doble fraude: 1) Con el partido que los postuló para un cargo de elección popular y más si fue por la vía plurinominal, y 2) Con los ciudadanos que votaron por ellos, muchas veces sin conocerlos, sólo por el logotipo del partido. ¿Le parece justo que alguien que ha sido secretario de gobierno estatal, diputado federal, gobernador, secretario de gobernación federal y senador, durante gran parte de su vida adulta, renuncie al partido que lo ha cobijado en todos esos puestos?

Claro, renuncian al partido pero no a sus privilegios, ya que permanecen en el cargo que ostentan y siguen recibiendo jugosos sueldos. Debería existir una ley que inhabilitara a los “chapulines” por lo menos un año antes de cambiar de colores, como en el futbol mundial y otros deportes serios en los que el jugador no puede dejar a su equipo e irse a otro a su antojo sin pagar un precio.

La realidad es que ya no hay principios, ni generosidad, ni paciencia. Recuerdo, por ejemplo, al PAN de antes: se la pasaron cincuenta años sin ganar una sola gubernatura y ahí seguían fieles a sus convicciones, eso ya se acabó.

¿A quién representan los partidos políticos actuales? Representan a una minúscula dirigencia que mueve los hilos a nivel nacional y eso ya debe terminar. Es preciso que los partidos cambien, que sean didácticos, que preparen cuadros y que entusiasmen a los ciudadanos no sólo para soñar en un puesto público, sino para hacer de México un país políticamente maduro.

El autor es LAE, diplomado en Filosofía y periodista de vasta experiencia. Es catedrático de la Universidad Autónoma de Guadalajara.

@arquimedios_gdl

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