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Alfredo Arnold

“En lo que va del Tercer Milenio se tiene registro de 1,250 millones de abortos provocados, no terapéuticos, hecho que significa una cifra considerablemente superior a la de las muertes ocurridas como consecuencia de todas las guerras y de todas las calamidades naturales de las que se tiene memoria desde el siglo XIX hasta hoy”.
Esto lo afirma el Alan Guttmacher Institute con sede en Nueva York, que no es precisamente una organización pro-vida, sino una institución que promueve el derecho al aborto o “salud reproductiva”, como le llama la Organización Mundial de la Salud.
El Padre Santiago Martín, español, fundador de la congregación Franciscanos de María, escritor, periodista y quien tiene un programa en EWTN, abundó: En 2022 se registraron en el mundo 170 millones de fallecimientos por todas las causas y 74 millones de abortos.
Un tercer dato: el gobierno de China recién anunció una nueva política para frenar la caída de su población que ha dejado de crecer desde hace varios años: apoyará a los matrimonios y los estimulará económicamente para que tengan hijos (algunos países de Europa, como España y Alemania, entre otros ya han tenido tasas demográficas negativas).

El aborto es, ni más ni menos, el más grande genocidio y la mayor pandemia que haya padecido el mundo en toda la historia.
Es el resultado de nuevos paradigmas sexuales, la destrucción de la familia y la supremacía de la comodidad en la escala de valores.

El Dr. José Luis Ochoa Torres publicó recientemente en estas páginas de Semanario un valioso artículo sobre este flagelo. A continuación, añadimos unas reflexiones, porque pareciera que nos estamos acostumbrando.
Hay quien dice que ya ni siquiera es pecado grave, lo cual es una brutal mentira. Y los jóvenes se van con la finta.
El Catecismo de la Iglesia Católica establece en su artículo 2270 que “La vida humana debe ser respetada y protegida de manera absoluta desde el momento de la concepción. Desde el primer momento de su existencia, el ser humano debe ver reconocidos sus derechos de persona, entre los cuales está el derecho inviolable de todo ser inocente a la vida”.
En el 2272 reprueba con pena de excomunión la participación en este acto: “La cooperación formal a un aborto constituye una falta grave. La Iglesia sanciona con pena canónica de excomunión este delito contra la vida humana”.

Y en el 2274 establece: “Puesto que debe ser tratado como una persona desde la concepción, el embrión deberá ser defendido en su integridad, cuidado y atendido médicamente en la medida de lo posible, como otro ser humano”. Incluso privilegia la vida sobre cualquier otra consideración por más piadosa que parezca: “El diagnóstico prenatal es moralmente lícito si respeta la vida e integridad y del embrión y del feto humano, y se orienta hacia su protección o hacia su curación, pero se opondrá gravemente a la ley moral cuando contempla la posibilidad, en dependencia de sus resultados, de provocar un aborto: un diagnóstico que atestigua la existencia de una malformación o de una enfermedad hereditaria no debe equivaler a una sentencia de muerte”.
El aborto se comenzó a multiplicar en los años sesenta (del siglo pasado).
Se esgrimía la teoría de Malthus, según la cual la población crecía en progresión geométrica (2, 4, 8, 16…) y los alimentos en progresión aritmética (1, 2, 3, 4…), por lo que era urgente frenar el crecimiento poblacional. Se instrumentaron acciones drásticas; en la India ofrecían un dólar a la mujer que se dejara esterilizar. Se popularizaron los anticonceptivos, entre ellos la talidomida que dio funestos resultados. Pero lo peor fue que se introdujo una ideología hedonista que, hoy, ha puesto a temblar hasta a la mismísima China.

*El autor es LAE, diplomado en Filosofía y periodista de vasta experiencia. Es académico de la Universidad Autónoma de Guadalajara.

@arquimedios_gdl

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