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La lepra es una enfermedad crónica e infecciosa, que afecta principalmente la piel y los nervios, causada por la bacteria Mycobacterium leprae, también conocida como bacilo de Hansen. El bacilo se reproduce muy despacio y el periodo promedio de incubación e inicio de los signos y síntomas de la enfermedad es aproximadamente cinco años.
Puede provocar manchas en la piel, pérdida de sensibilidad en áreas afectadas y, en casos avanzados, daño en extremidades y deformaciones. No se trasmite a través de contactos casuales como darse la mano, abrazarse o compartir comidas.
En lo que va del año, en México se están tratando 300 casos distribuidos en 28 estados del país. Jalisco ocupa el primer lugar a nivel nacional. Información difundida por el sector salud indica que en Tuxcacuesco, San Cristóbal de la Barranca y San Sebastián del Oeste son los lugares en donde hay algunos casos de lepra. Esta enfermedad es curable. La Organización Mundial de la Salud recomienda, para su curación, un tratamiento que incluye una terapia con tres fármacos. ¿Cómo prevenir el contagio?
A través de exámenes médicos anuales que permiten detectar la enfermedad tempranamente y reducir su gravedad al vigilar de cerca la piel de los pacientes afectados. Iniciar el tratamiento a tiempo evita el avance de fases más severas y, una vez que se comienza el tratamiento, el paciente deja de transmitirla.
Con respecto a esta enfermedad, la Biblia nos refiere que las personas leprosas debían ser excluidas de la comunidad, tenían que ser expulsadas. Era un azote de Dios, un castigo.
Por lo mismo dejaban de vivir con la

familia y sin tener trato social en el pueblo o la ciudad. Mantenerse lejos de las personas era obligatorio, se sometían a una cuarentena, por así decirlo. Movían a la compasión. Simón, Moisés, Miriam son unos de los más conocidos que padecieron temporalmente este mal.

Es el Papa Francisco quien, sin especificar una enfermedad, invita a que, teniendo en cuenta el camino sinodal, aprovechemos las Jornadas Mundiales de los Enfermos y cualquier otro momento, para “reflexionar sobre el hecho de que, es precisamente a través de la experiencia de la fragilidad y de la enfermedad, como podemos aprender a caminar juntos según el estilo de Dios, que es cercanía, compasión y ternura”. Haciéndose eco de un pasaje del libro del profeta Ezequiel, reflexiona el Obispo de Roma, que “la experiencia del extravío, de la enfermedad y de la debilidad forman parte de nuestro camino de un modo natural, no nos excluyen del pueblo de Dios; al contrario, nos llevan al centro de la atención del Señor, que es Padre y no quiere perder a ninguno de sus hijos por el camino”.
Finalmente debemos considerar que no ha pasado mucho tiempo que padecimos unos y otros los estragos del Covid 19. En su momento procuramos mantener una sana distancia.
Más aun nos exigían que lo hiciéramos. Convencidos estamos de la higiene, los cuidados que debemos tener para no enfermarnos y no contagiar a otros, sea la enfermedad que sea. Pero, que ello no nos aleje de la familia, de la sociedad, sino que nos haga solidarios, amables, comprometidos y compasivos con aquellos que padecen alguna de las “lepras” de nuestro tiempo.

@arquimedios_gdl

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