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En la figura de los leprosos de los que habla el Evangelio, estamos representados todos. La enfermedad de la lepra ha sido considerada como un símbolo de la afectación del pecado en nuestra vida, y en este sentido, todos somos leprosos, inclinados a estar dañados por el pecado.
Pero, también, como los leprosos que imploraban a Jesús por su salud, también nosotros podemos pedirle al Señor que nos sane.
Nosotros, en solidaridad con los enfermos de la lepra, sabemos que Jesucristo tiene el poder para curar.
Todos, de alguna manera, somos leprosos. Somos pecadores, estamos marcados por la inclinación al pecado. Estamos enfermos, y todos vamos en el camino de la vida. Si los que vamos por el mismo sendero de la existencia nos descubrimos enfermos de la misma enfermedad, nos vamos a sentir hermanos solidarios en este recorrido para sanar juntos.
Sin embargo, cuando en el seno de algunas comunidades se marcan diferencias entre buenos y malos, las cosas no resultan, y ordinariamente nos colocamos en el lado de los buenos, y a los demás los consideramos malos.

El Evangelio nos hace tomar conciencia de que a los ojos de Dios todos estamos enfermos, dañados por el pecado, y esto nos debe hacer solidarios, que todos necesitamos de la curación, de la salvación de Dios.

Si asumimos esta realidad, no vamos a marginar a nadie, ni nos vamos a sentir superiores a los demás. Más nos vale, entonces, hacer el camino juntos, en la búsqueda de nuestra salvación y del perdón de nuestros pecados.
Más nos vale a todos, Papa, Obispos, Sacerdotes, laicos, caminar juntos, ser conscientes de que estamos necesitados de la salvación de Dios, y que nos ayudemos mutuamente.

Puede resultar que los primeros que debemos ser agradecidos con el amor de Dios manifestado en tantos favores, nos quedemos callados, y que otros, habiendo recibido menos o creyendo menos,
sean más agradecidos y alaben a Dios en voz alta.

Hay que ser agradecidos siempre, pero esta acción de gracias debe nacer de una convicción, de un descubrimiento de que Jesús es Dios, y nos muestra en su Hijo todo su amor, su misericordia y su salvación. La invitación a ser agradecidos, por lo tanto, es una invitación a tener fe.
Hay muchas personas que van por la vida como si se hubieran hecho a sí mismas, no reconocen a Dios creador de todo bien. Vamos por la vida con un aire de autosuficiencia, sin reconocer los favores que hemos recibido de Dios y de los demás, porque no tenemos fe, no tenemos la gracia de experimentar fue el Señor nos ama y nos salva por su Hijo.
De este descubrimiento por la fe debe nacer nuestro grito de “gracias”, a Dios. Así como Jesús se lo indica al leproso agradecido: “Vete, tu fe te ha salvado”. Es la aceptación en la fe en Jesucristo lo que nos salva.
La Eucaristía significa ‘acción de gracias’. Cada vez que celebramos la Misa es como decirle a Dios “gracias” porque nos ha dado a su Hijo para nuestra salvación. Seamos agradecidos a Dios porque nos ama hasta el extremo, en su Hijo Jesucristo.

Yo les bendigo en el Nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo.

@arquimedios_gdl

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