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PB R O. JO S É MA R C O S CASTELLÓN PÉREZ

El agua es el elemento más indispensable para la vida, y hoy nuestro país está pasando por una de las peores crisis hídricas de su historia. Las causas son diversas, desde el calentamiento global, que produce temporales de lluvia con poca afluencia; la incapacidad de almacenamiento de agua potable, de tratamiento de aguas residuales; y un gravísimo problema de contaminación de los vasos acuíferos de la nación.
Invito a la reflexión, en algunas entregas de esta columna, para tomar conciencia de la responsabilidad ética personal y social, así como de la exigencia en la política hídrica de los gobiernos sobre el problema de la falta de agua. En la presente, de la mano del filósofo Mircea Eliade.
Desde el principio de la historia, el hombre ha buscado un elemento común que sea principio y fundamento de la vida. Se vio en el agua ese elemento esencial porque, más allá de su necesidad física, simboliza la totalidad de las virtualidades que la posibilitan. Las tradiciones míticas de las aguas primordiales de las que, según esos mitos, nacieron los mundos se encuentra en un número considerable de variantes en las cosmogonías arcaicas y primitivas.
Ese papel preponderante del agua se expresa ya en las cosmogonías mitológicas antiguas, pues de este elemento, por la intervención divina, surgen todos los seres o se ordenan, en el caso de los mitos demiúrgicos, en el que un semidios ordena a partir de aguas caóticas primordiales el mundo, que precisamente significa “ordenado”. Precisamente, la mitología babilónica

tendrá como principio de todo un caos acuático, que influirá a la cosmogonía judía que considera, en el primer relato de creación de Gn 1, el origen de todo en un océano caótico en el que aletea el Espíritu divino y del que el poder de Dios hará surgir ordenadamente todo ser que existe.
De su aspecto mitológico, como agua primordial, se dará un salto al uso en los rituales religiosos como baño generativo o regenerativo que hace referencia al inicio de la vida o a su renovación. La inmersión ritual en el agua tendrá como sentido la vuelta al origen, la regeneración total, un nuevo nacimiento, pues este rito equivale a la disolución de las formas actuales de opresión y, la salida del agua, simboliza el re–nacimiento a una nueva realidad espiritual, pero incluso biológica, puesto que tiene también un aspecto de fertilidad y potencialidad de vida.
El agua como elemento vital es, además, signo de fertilidad. Las antiguas religiones se manejaban por calendarios y ritmos lunares y acuáticos, considerando que estos ciclos rítmicos gobiernan la aparición y desaparición periódica de todas las formas de vida. En estas concepciones antiguas hay un vínculo muy estrecho entre el agua, la luna y la mujer, percibido desde los ciclos propios (acuáticos, lunares y de menstruación), como aspectos antropocósmicos de fecundidad. Abonando en esta idea, algunos estudiosos en lingüística creen que en sumerio el “a” significaba agua, pero también esperma, concepción o generación, resaltando el carácter fecundo del vital líquido.

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