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Pbro. Germán Orozco Mora

“Todos vivimos sin saber por qué ni para qué. Todos vivimos con la mira puesta en la felicidad. Todos vivimos vidas diferentes y, sin embargo, iguales. Nos han educado en un buen ambiente; podemos estudiar, tenemos la posibilidad de llegar a ser algo en la vida; tenemos motivos suficientes para pensar que llegaremos a ser felices, pero nos lo tenemos que ganar a pulso y eso es algo que no se consigue con facilidad. Ganarse la felicidad implica trabajar para conseguirla y hacer el bien; no especular ni ser un holgazán. La holgazanería podrá parecer atractiva, pero la satisfacción sólo la da el trabajo.
No comprendo a la gente que no le gusta el trabajo, que no tiene ninguna meta fija y se cree demasiado ignorante e inferior como para conseguir cualquier cosa que se pueda proponer. No sabe lo que significa hacer felices a los otros y yo tampoco puedo enseñárselo. No tiene religión, se mofa de Jesucristo, usa el nombre de Dios irrespetuosamente; aunque yo tampoco soy ortodoxa, me duele cada vez que noto lo abandonado, lo despreciativo y lo pobre de espíritu que es.
“Las personas que tienen una religión deberían estar contentas, porque no a todos les es concedido creer en cosas sobrenaturales. Ni siquiera hace falta tenerle miedo a los castigos que pueda haber después de la muerte. El purgatorio, infierno y Cielo son cosas que a muchos les cuesta imaginarse; sin embargo, el tener una religión, no importa de qué tipo, hace que el hombre siga por el buen camino. No se trata del miedo a Dios, sino de mantener alto el propio honor y la conciencia. ¡Qué hermoso y bueno sería que todas las personas, antes de cerrar los ojos para dormir, pasaran revista a todos los acontecimientos del día y analizaran las cosas buenas y malas que han cometido! Sin darte cuenta, cada día intentas mejorar y superarte, y lo más probable es que, al cabo de algún tiempo, consigas bastante. Este método lo puede utilizar cualquiera, no cuesta nada y es de gran utilidad. Para quien aún no lo sepa, que tome nota y lo viva en su propia carne. ¡Una conciencia tranquila te hace sentir fuerte!”.

Los tres párrafos anteriores, íntegros, son de la joven adolescente Ana Frank, los escribió el 6 de julio de 1944. Un mes después de sus 15 años, celebrados en la clandestinidad. El 4 de agosto, denunciada junto con sus padres y vecinos, fue trasladada al campo de exterminio de Auschwitz, Polonia. Y entre febrero y marzo de 1945, murió enferma y desnutrida a lado de su hermana Margot, en el campo alemán de Bergen-Belsen.
Oraciones, lecturas, luchas interiores, humillaciones. Privaciones, miedos, esperanzas, alegrías. Persecuciones, regaños, problemas interiores del alma, su desarrollo corporal; cuatro años y más vividos en encierro, en plena adolescencia, añorando libertad y una vida sencilla.

Son desgarradoras las palabras de esta niña judía. Solo sobrevivió su padre, de las ocho personas que vivieron en la “casa de atrás”, en Ámsterdam, Holanda, perseguida y pisoteada por la Alemania nazi y liberada por Rusia, Inglaterra y Estados Unidos.
Ana Frank, entre más limitaciones y dificultades, como San Ignacio de Loyola, propone, como espiritualidad diaria no dejar pasar lo que el fundador de la Compañía de Jesús (Jesuitas) llamó Examen Diario. La joven Frank llegará a la conclusión ignaciana, claro, por su propio camino.

“¡Qué hermoso y bueno sería que todas las personas, antes de cerrar los ojos para dormir, pasaran revista a todos los acontecimientos del día y analizaran las cosas buenas y malas que han cometido!” (Diario de Ana Frank).

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