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Pbro. Adrián Ramos Ruelas

En estos días de confinamiento ha crecido en muchos cristianos el deseo de volver a celebrar la Santa Eucaristía, escuchar la Palabra de Dios, volver a comulgar y encontrarse con sus hermanos en la asamblea litúrgica.

San Justino (1° de junio), mártir cristiano de los primeros siglos, nos enseña a valorar el sacrificio eucarístico. Él es uno de los defensores de la doctrina cristiana (apologeta).

Este santo, cuyo nombre significa “aquél que obra con justicia”, nació a principios del siglo II en Flavia Neápolis, la antigua Siquem, en Samaria. Venía de familia pagana. 

Fue un gran pensador, un filósofo, influenciado al principio por la experiencia estoica, pitagórica, artistotélica y neoplatónica, corrientes de pensamiento de su época. No tardó en dar con la Verdad integral del cristianismo.

Él mismo cuenta que, insatisfecho de las respuestas que le daban las diversas filosofías, se retiró a un lugar desierto, a orillas del mar, a meditar, y que un anciano al que le había confiado su desilusión le contestó que ninguna filosofía podía satisfacer el espíritu humano, porque la razón es incapaz por sí sola de garantizar la plena posesión de la verdad sin una ayuda divina.

De ese modo Justino descubrió la doctrina cristiana a los 30 años. Se convirtió en un convencido predicador y, para proclamar al mundo este feliz descubrimiento, escribió dos de sus más importantes obras: las Apologías. La primera la dedicó en el año 150 al emperador Antonino Pío y al hijo Marco Aurelio, y también al Senado y al pueblo romano. En ellas encontramos escritos acerca de la celebración de los ritos litúrgicos, sobre todo la administración del bautismo y la Eucaristía, no con argumentos filosóficos, sino con testimonios conmovedores de vida en la primitiva comunidad cristiana, de la que se sentía orgulloso de pertenecer. También escribió Diálogo con Trifón, entre otras obras.

Pronto llegó su martirio. Había ido a Roma y allí fue denunciado por Crescencio, filósofo con quien Justino había disputado mucho tiempo. El magistrado que lo juzgó, Rústico, también era un filósofo, confidente de Marco Aurelio. Fue condenado junto con otros compañeros a la decapitación por su fe en Cristo.

Todavía se conservan actas auténticas de su martirio acaecido en el año 165.

¿Qué podemos aprender de él?

  1. Su valentía para defender con ánimo imperturbable la doctrina cristiana en tiempos de persecución.
  2. Su gran amor a los sacramentos. Da testimonio de los primeros ritos litúrgicos por su propia experiencia de fe.
  3. Su gran preparación, motivada por la búsqueda sincera de la Verdad.

@arquimedios_gdl

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