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Hace tres años, el mundo se enfrentó a una de las peores pandemias que la historia moderna ha experimentado. El COVID-19 vino a cambiar nuestro mundo.

CRISTINA ELIZABETH DÍAZ MORALES

Por naturaleza, los seres humanos no estamos preparados para sufrir ni para enfrentarnos a cualquier tipo de pérdida, y cuando una situación cambia nuestro mundo, tardamos tiempo en aceptarlo, adaptarnos y superarlo, y eso fue lo que pasó con el COVID-19.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) ya declaró el fin del COVID-19 como emergencia internacional de salud. Fue una noticia que, después de tanto dolor, llegó como un bálsamo, pero los estragos emocionales que dejó siguen presentes, además de las enseñanzas que esta enfermedad nos tuvo que haber dejado.
Quienes enfermaron o enfrentaron la muerte de sus seres queridos, vivieron una serie de cambios emocionales y físicos que, en algunos casos, persisten.
También está presente el personal de salud que estuvo en la “primera línea de fuego”, hombres y mujeres que estuvieron luchando contra un monstruo desconocido, al frente de una batalla que, en muchos momentos, la sintieron perdida.

La pandemia costó más de 300 millones de años de vida.
En 2020 y 2021, los dos primeros años de la pandemia de COVID-19, se perdieron 336,8 millones de años de vida, debido a la muerte prematura de millones de personas.
En promedio, cada muerte atribuida directa o indirectamente al COVID-19, a finales de 2021, provocó una pérdida de más de 22 años de vida, lo que equivale a más de 5 años de pérdida de vida por segundo, precisó la OMS en su informe anual de estadísticas.

IMPACTOS A LA SALUD MENTAL
Fueron los médicos, enfermeros, psicólogos, nutriólogos, camilleros, personal de intendencia, quienes tuvieron que hacer frente a una enfermedad desastrosa que afectaba indiscriminadamente a niños, jóvenes y adultos. De acuerdo con el especialista en infectología y miembro del Sistema Nacional de Investigadores (SIN), Héctor Raúl Pérez Gómez, alrededor del 30 por ciento del personal médico se vio impactado en su salud emocional, porque fueron ellos los que lidiaron con la enfermedad desconocida, luchando contra reloj.
Fue al personal de salud a quienes les tocó enfrentar la batalla de esta enfermedad, los que tuvieron que tomar la decisión de destinar los respiradores disponibles a los pacientes que los necesitaban y que podía ser la diferencia entre la vida o la muerte de una persona.

“El personal de la salud sufrió un altísimo impacto emocional por varios motivos; primero, el temor de infectarse, el temor de llevar la infección a sus seres queridos, por lo que –incluso– decidían aislarse en su propia casa”, precisó el especialista.
¿LECCIÓN APRENDIDA?
El impacto emocional fue tremendo, no fue fácil ver morir a tantas personas, enfrentar carencias, no tener fármacos y, en muchos casos, no encontrar camas para hospitalizar o no tener oxigeno suficiente.
De acuerdo con el especialista, no fue fácil para ellos enfrentarse a esos escenarios, en donde las personas no podían recibir la visita de sus seres queridos, y miles murieron sin el acompañamiento de sus familiares; su único acompañamiento fue el personal de la salud, que estuvo en sus últimos momentos.
El personal de salud no solo enfrentó el cansancio emocional, también el físico, porque entre ellos se hizo presente el síndrome de burnout (agotamiento físico y mental que se prolonga y altera la personalidad), sobre todo los primeros meses de la pandemia, porque carecían de las herramientas necesarias para combatir la enfermedad. Fue uno de los momentos más difíciles para ellos.

El Dr. Héctor Raúl hizo un llamado: “Ojalá hayamos aprendido la lección, que no olvidemos lo que sufrimos, que lo incorporemos a la vida diaria a nuestra cultura del autocuidado, al cuidado de los demás, porque la mejor forma de solidaridad es cuidando a los demás”.

Dr. Héctor Raúl Pérez Gómez.

RECOMENDACIONES QUE NO DEBEMOS OLVIDAR

  1. Mantener la vigilancia epidemiológica sobre la enfermedad para saber cómo actuar en caso de un rebrote.
  2. Las medidas aprendidas como el lavado constante de manos, uso de cubrebocas y una sana distancia, no olvidarlas e incorporarlas en nuestra cultura del autocuidado.

Amor y gracia en medio de la desolación

Porque el amor va más allá de cualquier enfermedad y se manifiesta de mil maneras.

¿Y cómo fue posible llevar amor y esperanza en medio de tanta muerte, de tanto dolor, de tanta desolación a las áreas COVID de los hospitales? Es una pregunta difícil de responder, pero el amor de Dios se hizo presente a través de Sacerdotes que acudieron a auxiliar a los enfermos, a sus familiares y al personal de salud que lo necesitaba.

Es ahí, en esos momentos de enfermedad, que empiezas a descubrir que las personas que están alejadas de Dios, en las situaciones límites, en las enfermedades, en algo tan trágico, descubren que no son poderosas, que son personas frágiles, vulnerables, que necesitan del acompañamiento, de la presencia del amor de Dios.

Todos los días, al igual que otros Sacerdotes en diferentes nosocomios, el Padre José Luis González Santoscoy (Padre Pollo, como se le conoce) acudía al Hospital General de Occidente, en Zoquipan, para brindar atención espiritual a quienes lo necesitaba en esos terribles días de pandemia.
Llegaba por la mañana, y después de presentarse con los familiares de los enfermos, se preparaba con su uniforme tyvek, el equipo de protección personal. Posteriormente, se dirigía a visitar a cada uno los enfermos que estaban en el área COVID. “Les ofrecíamos el Sacramento de la Reconciliación; quienes querían y estaban preparados, comulgaban.

También les ofrecíamos la Unción de Enfermos, y con las personas graves o que no estuvieron conscientes o se encontraban intubadas, les dábamos la absolución bajo condición, orábamos con todos ellos, pero también, cuando se requería, nos acercábamos con todo el equipo de protección personal a los ataúdes para hacer el rito de exequias, y así darle un bálsamo de esperanza a la familia que había perdido un ser querido”, recordó el clérigo.
PUENTES DE AMOR
Al igual que sus compañeros que hacían lo mismo en otros hospitales durante el periodo más complicado de la pandemia, también fungieron como puentes de amor entre los pacientes y sus familiares, porque a través de una videollamada los acercaron, un gesto tan sencillo, pero tan significativo, que los llenaba de paz y de esperanza, le devolvían el alma al cuerpo, y hacía que los enfermos no se sintieran tan solos.

Fue gracias a la labor de esos Sacerdotes, que ayudaron a bien morir a varios pacientes, que los prepararon para estar en la presencia del Señor, que ayudaron a una madre enferma, a un padre enfermo, a un hijo enfermo o a un esposo enfermo, a estar cerca de sus familiares por medio de un teléfono y a tener un poco de calma en esos días de locura.
Después de haber vivido esa experiencia transformadora para toda la humanidad, el Padre José Luis hizo un llamado a la solidaridad, porque la pandemia del COVID resaltó la importancia de ver unos por otros, y darnos cuenta de la importancia de estar siempre preparados y no esperar a que llegue una pandemia, una crisis o un accidente para encontrarnos con el Señor; por el contrario, que se favorezca ese encuentro todos los días.

UNA HISTORIA DE RECONVERSIÓN
Entre los cientos de testimonios que le tocó presenciar al Padre José Luis, recuerda un preso contagiado de COVID-19, que incluso estaba esposado a la cama en donde se encontraba.
Después de muchísimo tiempo de lejanía de Dios, como él lo reconoció, aceptó el sacramento de la Confesión, “se puso a raya”, por así decirlo –señala el clérigo–, se puso en sintonía con la gracia del Padre, con el amor de Dios, y después recibió la Comunión. A los pocos días tuvo que ser intubado, entró en paro y falleció; fue una experiencia hermosa, porque aquella persona que había apartado su vida de los caminos del Señor, al final recibió el perdón, se fue preparado, se fue con los sacramentos, se fue en gracia y en paz.

Padre José Luis Santoscoy, llamado cariñosamente “Padre Pollo”, dio ayuda espiritual a enfermos de COVID en el Hospital General de Occidente

Elegidos para hacer frente al COVID

La fortaleza de las personas se pone a prueba en las crisis. Una vez saliendo de ellas, conocemos de lo que estamos hechos.

CRISTINA ELIZABETH DÍAZ MORALES

CON AGRADECIMIENTO A TODO EL PERSONAL DE SALUD
A José Luis le tocó estar trabajando en el Hospital General de Occidente, conocido como Zoquipan, durante la pandemia, vio la transformación de un nosocomio híbrido a uno totalmente COVID. A sus 26 años, en 2020, el joven enfermero no sabía la pesadilla a la que se iba enfrentar y de qué manera lo transformaría.
Recuerda que, al principio, el sentimiento que lo embargó fue la curiosidad por la enfermedad, no sabía si se presentarían casos en la ciudad, los cuales fueron llegando, poco a poco, a una sala destinada para ello –de 20 metros cuadrados– y con seis camas; jamás pensaron que serían insuficientes.
“Conforme iban pasando los días, ya no fueron suficientes esas seis camas, y los pacientes llegaban uno tras otro, unos muy deteriorados y otros recuperables; se fue conociendo la enfermedad, y fue cuando la curiosidad se transformó en miedo, porque veíamos que era una enfermedad mortal”, relató José Luis Vivanco Medrano.
SIEMPRE DANDO LO MEJOR
Aún con el miedo, paulatinamente fueron conociendo la enfermedad, y al igual que todos sus compañeros del sector salud, le fueron tomando “respeto”, e intentaron hacer lo mejor para sacar adelante a cada uno de sus pacientes, quienes inevitablemente se convirtieron en sus familiares, compartiendo su aislamiento, y siendo su única compañía durante sus últimos minutos de vida, en su último aliento.

“Siempre tuvimos en mente rescatar y salvar a todos los pacientes posibles, totalmente esa era nuestra responsabilidad, trabajamos con lo que teníamos, con el personal que estaba. Cubríamos la guardia dos enfermeros para diez pacientes, cuando a veces teníamos a los diez intubados”.

José Luis recuerda que, en medio de ese caos que se vivía en el hospital, y a pesar de que por ética profesional los sentimientos deben dejarse de lado, fue imposible hacerlo. “Llegó la etapa en que fuimos conscientes que convivíamos con un paciente más de 15 días y, por tanto, era ilógico no entablar una relación afectiva”.
En medio de las circunstancias propias de la pandemia, todo el personal de salud involucrado buscó la manera de hacer sentir mejor a sus pacientes, porque detectaron que, además de la enfermedad, los contagiados sufrían de depresión porque no estaban comunicados con sus familiares.

LO DIJO
“El personal que estuvimos atendiendo a los enfermos, quedamos marcados en nuestra historia, por el hecho de que fuimos como un soldado que va a la guerra, queda con traumas, afectados emocionalmente; pero en lo profesional aprendimos a atender a los pacientes con calidad, a escucharlos, siempre darles lo mejor. Porque muchas veces, lo que un paciente requiere es que lo escuchen y eso también sana”.

José Luis, enfermero que atendió a pacientes
COVID-19 en el Hospital General de Occidente
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Historias y llamadas de amor

José Luis recordó que, con la ayuda del personal de trabajo social, comenzaron a realizar llamadas y videollamadas entre los pacientes y sus familiares, dando así un aliento de esperanza.
“Ahí veíamos el amor verdadero, todo el equipo médico empezamos a valorar lo que era la familia, porque nosotros podíamos regresar a casa con los nuestros, pero ellos no, literalmente estaban solos”.
También se les entregaban todos aquellos artículos religiosos que sus familiares les enviaban: rosarios, estampitas, dibujos y cartas llenas de amor, y algunas –también– en donde les pedían perdón a sus familiares enfermos, porque se dieron cuenta que eso era lo que los pacientes necesitaban y los ayudaba a mejorar o irse en paz.

“Estábamos haciendo todo como parte médico, pero nos hacía falta encontrar la parte humana, ser nobles, ‘ponernos en los zapatos’ de quienes estaban ahí. A quienes estaban intubados, les leíamos las cartas que les enviaban sus familiares y, a pesar de lo que algunos puedan decir, veíamos que les salían lágrimas al escucharlas”.

“Entonces les decíamos: ‘¿si me estás escuchando?, échale ganas, aquí estamos nosotros, te estamos cuidando y afuera te están esperando, ánimo’, implorábamos”.
“Eran detalles que cuidábamos mucho, porque había pacientes que se recuperaban, y cuando se iban, les mencionábamos a todos los que se preocupaban por ellos, y les entregábamos lo que les habían enviado”, apuntó el enfermero.
Además de darles la atención médica, era importante hacerles compañía y cuidarlos con calidez, con cariño, “éramos su único contacto con el exterior; por eso, nos preocupábamos en darles la mejor atención, investigábamos qué música les gustaba, y llegábamos a sus camas y les poníamos una canción de su artista favorito. Nuestro trabajo era también darles ánimo”.
“Fuimos superados como equipo médico por la enfermedad, y lo que hicimos fue encomendarnos a Dios. Decía: ‘si yo no puedo, alguien más debe poder’; si yo no podía hacer más, creía en la Virgen de Fátima, en el Sagrado Corazón. Por eso, cada vez que les mandaban una estampa, les rezaba un Padre Nuestro y le pedía a Dios que los ayudara”.

APRENDER A NO CALLAR EL AMOR
¿En algún momento tuviste miedo?
-Sí, bastante.
¿A qué tuviste miedo?
A la muerte; soy católico, y a lo mejor equivocadamente decía: ‘yo hago esto de corazón para ayudar a la gente, pero lo único que quiero es no morir por COVID, no quiero morir como ellos’, porque eran unas muertes muy tristes, muy dolorosas, no respirar era lo peor que les podía pasar, por eso decía: ‘Dios mío, no me lleves de esta manera, Tú sabes que lo hago de corazón, no me dejes llegar a este punto’.
Entre compañeros comenzamos a hacer acuerdos, y unos a otros nos decíamos que, si llegábamos a contagiarnos, no queríamos ser intubados. Llegó un punto en que estuve a punto de rendirme al ver tanta muerte.

En lo personal y en lo profesional, ¿qué aprendizaje te dejó la pandemia que te tocó enfrentar?
Me enseñó a valorar la familia, mis papás, mis hermanos, mis abuelos; me enseñó a valorarlos, porque ahí me di cuenta que en un momento estás, y en un instante ya no. Me sirvió ese proceso de vivir la pandemia para decirles un ‘te quiero’, ‘te amo’, sin importar el día. Decirles ‘que te vaya bien’, ‘que Dios te bendiga’.
En lo profesional me dejó la enseñanza de comprender a los pacientes, entenderlos y darles la atención de inmediato, porque en la pandemia, si un paciente nos hablaba y les decíamos: ‘¡espérenos tantito!’, al voltear y verlos de nuevo, podían ya no estar.
¿Qué te enseñó la pandemia del COVID-19?
A perderle el miedo a la muerte. Si hoy a mí me lleva la muerte, está bien, porque me enseñó a disfrutar el día a día.
A raíz de eso aprendí a decir ‘te quiero, Má’, ‘te quiero, Pá’, ‘te amo, esposa’, ‘hija, eres mi todo’, y decirles a mis hijas que, si algún día llego a faltar, no se preocupen, voy a cuidarlas desde allá (el Cielo).

@arquimedios_gdl

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