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Laura Castro Golarte

Lo he dicho y escrito muchas veces: los partidos de oposición en México jamás se recuperaron de la derrota de 2018, ninguno, y por eso sus actuaciones a lo largo del sexenio fueron erráticas, mediáticas, protagónicas, cero efectivas si se trataba –era lo deseable– de construir un proyecto de nación e identificar a una persona que encabezara las aspiraciones, no de las dirigencias de los partidos sino de los millones de personas que querían una opción distinta a la del partido gobernante.
Esa visión que tendría que haber sido prioritaria, no la tuvieron jamás. Ensimismados en esa derrota se dedicaron, por un lado, a obstaculizar cualquier reforma legislativa, hasta ejecutaron una “moratoria” y, por otro, a tratar de desacreditar al titular del Ejecutivo federal con señalamientos repetidos que nunca presentaron ante el Poder Judicial para que se llegara a las últimas consecuencias en la presunta corrupción que se exponía en medios y redes. Se les fue el sexenio reciclando críticas falaces y no trabajaron en su propio proyecto con la mira en el año 2024 para responder a los millones de mexicanos que pedían a gritos una alternativa.
Desoyeron y desestimaron a su capital político y, consecuentemente, lo perdieron (en la presidencial obtuvieron muchos menos votos que en 2018). Esto pasó y, en realidad, repitieron el patrón de los gobiernos priistas y panistas; hasta podría pensar que es algo genético.
Es un patrón de conducta añejo, que los representantes de esa oposición y sus apoyadores en los medios de comunicación ejercieron cuando eran gobierno y practicaron extremosamente en los últimos años, y no me refiero a las críticas al gobierno, sino a su constante y expreso desdén por la sociedad, por ostentarse como conocedores del sentir popular, por erigirse en representantes de mexicanos y mexicanas que en realidad no conocen y a los que menosprecian, a los que consideran incapaces, menores de edad, comprables y manipulables.

He escuchado diversas teorías sobre las razones del triunfo y la derrota que se consumaron el 2 de junio pasado en la elección presidencial y se confirmaron en el cierre del proceso electoral y, con respecto al triunfo, es frecuente oír, en lo que identificamos como comentocracia, que votaron así casi 36 millones de mexicanos porque recibían algún beneficio de los programas sociales. Una vez más, se vuelve a menospreciar a los electores.
Se indignan, estos comentócratas, porque la gente no defendió al Poder Judicial al votar masivamente de esa manera. Nunca comprendí ese argumento, no lo entiendo ahora. ¿Defender al Poder Judicial? ¿Ese Poder Judicial que desde hace décadas es el componente del Estado mexicano más oscuro (no podría decir ‘menos transparente’ porque ni tantito lo es), más corrupto y corruptor, más burocratizado, más grosero con la ciudadanía, más complejo y barroco para que nadie entienda de leyes, más caro y, paradójicamente, más injusto? El meollo de la impunidad está en el Poder Judicial. Esa impunidad de la que tenemos noticia porque de cada 100 delitos que se cometen en México, sólo 14 se resuelven y sabemos bien por qué.

Los partidos de oposición y los comentócratas del círculo rojo, ¿realmente creían que la gente saldría a votar para defender al Poder Judicial cuando más bien ha sido víctima de sus malas prácticas?
Como éste, hubo otros argumentos falaces con los que intentaron ganar el voto mayoritario para la elección presidencial como “las amenazas contra la democracia” de partidos que se solazaron, precisamente, en desconocerla. El menosprecio secular de estos partidos a la sociedad mexicana, su percepción de que no sabemos ni entendemos, de que no tenemos memoria, los llevó a abrigar la “esperanza” casi “certeza” de que el resultado de las urnas los favorecería, pero lo único que quedó en evidencia fue la distancia sideral entre ellos y la población.
Es claro que sí tenemos memoria de 70 años de autoritarismo, represión, asesinatos, fraudes y abusos; y dos sexenios perdidos en este siglo XXI porque, igual, los presidentes no abandonaron su patrón de conducta con respecto a las mayorías.
El resultado electoral del 2 de junio fue democrático, producto de ese sistema imperfecto y perfectible que nos ha costado tanto. Y refleja de manera fundamental, los argumentos de los electores para tomar esa decisión masiva que no dejó lugar a dudas: programas sociales sí, como derechos, como instrumentos para salir de la pobreza y mejorar las condiciones de vida (no como paliativos); y también la esperanza de reformas profundas que operen como una especie de purga de las perversidades de sexenios anteriores.
Aunque no se ve claro, ojalá los partidos políticos de oposición entendieran esas lecciones de democracia que está dando el pueblo de México y atinen a recomponerse, reconstituirse, reinventarse, renovarse, reestructurarse para forjar un nuevo sistema de partidos que verdaderamente represente la diversidad de este país grandioso.

@arquimedios_gdl

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