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PBRO. LIC. ENRIQUE JOSÉ BARBOSA ESCOBEDO

La Cuaresma ha sido uno de estos tiempos fuertes que dentro de la espiritualidad cristiana hemos integrado a nuestra vida diaria. Sobre todo, a través de esas prácticas que han afectado inclusive la cultura popular.
Por ejemplo, el Miércoles de Ceniza, donde los fieles tienen una imperiosa necesidad de recibirla, pero desvinculada de su proceso de conversión. Acercándose peligrosamente a un acto mágico. El tema de las comidas de estos días en los que ya comienza el calorcito y lo que interesa son las comidas de Cuaresma.
El consumo del pescado crece, no tanto por su salud, sino porque es Cuaresma y es una oportunidad que nos damos de satisfacernos de camarones. Y a partir de eso, junto con estas prácticas, la confesión un poco a fuerzas, la práctica de la de la limosna en la calle a darle un peso al que te lo pide, sin reconocer todas las implicaciones que esto tiene. La Cuaresma se ha convertido en un tiempo donde las prácticas cuaresmales son más importantes que el sentido final y, sobre todo, la proyección a la vida misionera que nos lleva.

La Cuaresma es un camino hacía una experiencia pascual que es el mejor momento para experimentar la gracia de la salvación y poder tomar decisiones importantes. El Papa Francisco, en su Mensaje de Cuaresma para este año nos dice: “A través del desierto, Dios nos guía la libertad”. Nos pregunta: ¿Cuál es tu visión sobre el modo de vivir este tiempo de Cuaresma? Lo primero es invitarnos a reconocer que el tiempo del Cuaresma tiene un principio, que tiene un sentido y que tiene un fin. Y que el objetivo es llevarnos a una experiencia de reconocer la misericordia salvífica de nuestro Dios y que a la vez nos proyecta hacia Pentecostés.

ABANDONAR LA ESCLAVITUD
El Mensaje del Papa Francisco nos recuerda que cuando el pueblo judío estaba en la esclavitud en Egipto, llegado el momento oportuno, Dios se encontró con Moisés, que estaba en el desierto pastoreando ovejas, pretendiendo haber renunciado a su misión original, Dios es el que sale al encuentro, Dios es el que mira a su pueblo, es el que escucha a su pueblo. Es Dios el que va a retomar el camino de la salvación. El pueblo ya se había acostumbrado a vivir en esclavitud. La experiencia de esclavitud con el faraón le había hecho perder la capacidad de experimentar cosas buenas, había perdido la capacidad de voltear a Dios para encontrarse con lo bueno. No estará pasando algo así en nuestros tiempos, donde para lo único que sirve ‘diosito’ es para pedirle cosas, porque después de haber experimentado en 1000 procesos, terapias, magias, bendiciones, Misas, hemos perdido la capacidad de experimentar lo bello, la simple alegría de vivir, el entusiasmo del encuentro con Dios, la capacidad de ser discípulos misioneros en el Reino.
YO ESTARÉ CONTIGO
Moisés experimenta en la escena de la zarza ardiente un llamado que primero toca su corazón y que lo hace reconectarse con su misión original. Y por eso tiembla ante la llamada de Dios. ¿Cómo puedo yo llevar a cabo esta tarea? ¿Quién soy yo para salir adelante? Y Dios le contestará: ‘Yo estaré contigo. Yo voy contigo’. Con esa certeza inicia la aventura del éxodo que en la que a través de experiencias muy concretas el pueblo experimenta la grandeza, la misericordia de Dios, su protección en el desierto con la nube que los acompaña, con el fuego que los guía, con la experiencia el cruce del mar, además, experimenta el alimento, la bebida.
Sobre todo, experimentan el gran amor que Dios les tiene cuando les confía, a través de la Alianza, una vivencia de vida comunitaria y de encuentro muy especial. Nosotros ahora los llamamos los Mandamientos.
Pero es la expresión misericordiosa del amor de Dios que quiere para nosotros lo mejor. En esa experiencia de desierto no faltan los ‘enojados’ porque recordando su pasado, se enfadan con Dios. No faltan los que se cansan y se agotan frente a las situaciones, no faltan los que fácilmente se desvían buscando otros tipos de recursos y todo esto es una experiencia de falta de esperanza. Nos damos cuenta de ello cuando nos falta esperanza y vagamos por la vida como en un desierto intentando en los pequeños oasis que van apareciendo descubrir nuestra experiencia.

La Cuaresma es el tiempo de gracia en el que el desierto vuelve a ser como anuncia el profeta Oseas: el lugar del primer amor (Oseas, 2, 16-17). Dios educa a su pueblo para que experimentando de su amor abandone sus esclavitudes, experimentando el paso de la muerte a la vida, se decida a recibirlo en su corazón y a vivir un compromiso. Una identificación con su vocación y una oportunidad de vivir la misión. Es como un esposo que nos lleva al desierto para seducirnos en el corazón, susurrando palabras de amor.

Tiempo de lucha y esfuerzo

La Cuaresma no puede ser sólo un conjunto de prácticas. Que como ya dije, han perdido su capacidad de hacernos reaccionar para el bien se han vuelto tradiciones vacías de sentido y hasta comerciales. La Cuaresma nos invita a descubrir nuestra realidad. Cuando la zarza ardiente, el Señor atrajo a Moisés y le habló, se reveló inmediatamente como un Dios que ve y sobre todo escucha. “Yo he visto la opresión de mi pueblo que está en Egipto y he oído los gritos de dolor provocados por sus capataces. Sí, conozco muy bien sus sufrimientos, por eso he bajado a liberarlo del poder de los egipcios y hacerlo subir desde aquel país a una tierra fértil y espaciosa, a una tierra que mana leche y miel” (Éxodo 3. 7-8). Es Dios el que nos invita a descubrir la grandeza de su amor. Estoy convencido que, si tú experimentas su amor, nunca lo dejas.
Haciéndonos perder, como dice el Papa, en El Evangelio de la Alegría, la capacidad de descubrir en el ambiente, en los demás, en la historia esta presencia misericordiosa y nos volvemos indiferentes al proyecto comunitario, al proyecto histórico, al proyecto social, reduciendo, por ejemplo, los actos de misericordia a simple acciones pasajeras puntuales.

JESÚS NOS INVITA A CAMBIAR
Que satisface en un cierto nivel de egoísmo personal, pero no se integran al proyecto de la salvación.
La esclavitud en Egipto provocó que el pueblo de Dios olvidara lo más valioso: su apertura a la eternidad. Y en esto el olvido de su tarea histórica de su servicio a los demás. La presencia de los faraones actuales es un dominio que nos deja exhaustos, que nos vuelve insensibles, que nos divide, que nos roba el futuro, que ha contaminado la tierra, el aire, el agua y también las almas. ¿Estaremos experimentando algo así? Como pueblo mexicano donde el faraón presente nos ha cautivado con estrellitas y mega obras. Y hemos perdido la capacidad de soñar, la capacidad de pensar, la capacidad de abrirnos hacia un nuevo horizonte. El relato del éxodo nos invita a reconocer que cuando Dios entra en el horizonte de nuestra vida entra para provocar, entra para animar, entra para consolar. Y nos invita a la posibilidad de un cambio.

¿Deseo una vida mejor para mí y para mi familia?, ¿deseo una mejor experiencia eclesial?, ¿deseo un mundo mejor, deseo un México mejor? Dice Papa, el testimonio de muchos hermanos Obispos y de un gran número de aquellos que trabajan por la paz y la justicia le convence cada vez más de lo que hay que denunciar, es un déficit de esperanza. Es un impedimento para soñar, un grito mudo que llega hasta el cielo y que conmueve el corazón de Dios se parece a esa añoranza por la esclavitud que paraliza a Israel en el desierto, impidiéndole avanzar. El éxodo, el camino puede interrumpirse cuando añoras el pasado cuando te entretienes con las broncas del presente y, sobre todo, cuando no sueñas con el futuro.
LA CUARESMA, TIEMPO DE ESFUERZO Y SUPERACIÓN
Dios no se cansa de salir a tu encuentro y de decirte, “Yo soy el señor, tu Dios que te hice salir de Egipto de un lugar de la esclavitud” (Éxodo 20. 2). Por eso, el tiempo de la Cuaresma es un tiempo propio para asombrarnos ante las experiencias de misericordia que vamos descubriendo que vamos haciendo presentes, que nos van identificando, no como servidores, no como esclavos, no como dependientes de un faraón, sino como hijos e hijas, como una familia de Dios. A diferencia del faraón, Dios no quiere súbditos sino hijos, el desierto es el espacio en el que nuestra libertad puede madurar en una decisión personal de no volver a caer en la esclavitud. En la Cuaresma nos encontramos con nuevas experiencias que pueden cambiar nuestras decisiones.

La Cuaresma también es un tiempo de lucha, es un tiempo de esfuerzo, es un tiempo de poner en práctica aquellas virtudes que nos ayudarán a llegar a la meta, la lucha va en la línea del descubrir las oportunidades que tenemos las metas que podemos lograr, los nuevos obstáculos que podemos superar. La superación de los pequeños ídolos que nos han esclavizado y que hoy tenemos la oportunidad, primero de reconocer, para después enfrentar con la ayuda de Dios.

Con la Gracia de Dios podremos llegar a la Pascua con fuerza, alegría y vigor de seguir colaborando en la Misión permanente de la Misericordia en su etapa territorial.

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