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Hugo Gaucín

El ayuno es una disposición a Dios para que Él sea el alimento y fortaleza de nuestra vida y guie nuestra acción.

Por qué ayunamos y qué enseña la Iglesia

Las prácticas de la Iglesia sobre el ayuno y la abstinencia son normas que continúan vigentes. Las preguntas del por qué se debe hacer se quedan con respuestas que no alcanzan a convencer, volver a la respuesta de aquello que enseña la Santa Madre Iglesia es el camino que debemos de seguir. El Papa Francisco nos anima a confiar como confiamos en los “aburridos consejos de una madre” (Evangelii Gaudium 140) que con el tiempo dan sus frutos en el corazón de sus hijos.

Una Iglesia que da testimonio

«Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado» (Mt 28,19-20). Como bautizados, tenemos una responsabilidad misionera, de testimonio. Jesús enseño con su palabra, pero principalmente con su ejemplo, que el ayuno es una práctica agradable a Dios, no es sufrir por sufrir, el ayuno es una disposición a Dios para que Él sea el alimento y fortaleza de nuestra vida y guie nuestra acción, es decir, prepara para la gracia:

«Después de hacer un ayuno de cuarenta días y cuarenta noches, al fin sintió hambre. Acercándose el tentador, le dijo: «Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes» él respondió: «Está escrito: No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios»” (Mt 4, 2-3).

MANDAMIENTOS DE LA IGLESIA

En el catecismo se nos enseñan los mandamientos de la Santa Madre Iglesia, estos mandamientos son de carácter obligatorio y quieren, por el bien del cristiano, animarle a una disposición en la oración y el esfuerzo acompañado de la gracia para crecer en el amor a Dios y al prójimo. Son cinco: Oír misa entera los domingos y demás fiestas de precepto, confesar los pecados al menos una vez al año, recibir el sacramento de la Eucaristía al menos por Pascua, abstenerse de comer carne y ayunar en los días establecidos por la Iglesia y ayudar a la Iglesia en sus necesidades.

El cuarto mandamiento tiene dos finalidades, prepararnos para la liturgia de la Iglesia (de ahí también el ayuno eucarístico por lo menos una hora antes de la Santa Misa) y adquirir un dominio de sí. Paradójicamente no haciendo todo lo que queremos hacer es lo que nos hace verdaderamente libres en el cuerpo y libres en el corazón.

Esta realidad interna de ser humano no es sólo cosa de la Iglesia, grandes filósofos y psicólogos en la historia han postulado beneficios del dominio de sí a través de privaciones. El placer en el ser humano, si no se vive en su justa medida, puede caer en vicios que terminan por esclavízalo. El ayuno y la abstinencia son prácticas que nos ayudan a dominarnos al mismo tiempo que nos hacemos consientes de la única necesidad de nuestro ser espiritual, Dios.

@arquimedios_gdl

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Papa Francisco

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