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PBRO. JOSÉ MARCOS CASTELLÓN PÉREZ

La primera sesión del Concilio Vaticano II, después de algunas dificultades en torno al rumbo del Concilio por el rechazo casi unánime de los esquemas propuestos de parte de la comisión preparatoria, el entonces Arzobispo de Milán, Cardenal Giovanni Bautista Montini, hizo la pregunta que guiaría después todo el Concilio: “Iglesia, ¿qué dices de ti misma?” El Concilio nos enseña que la Iglesia es como un sacramento universal de salvación y utiliza, principalmente dos imágenes bíblicas, la de Cuerpo de Cristo y pueblo de Dios, que resaltan su misterio de comunión y participación.
El Concilio Vaticano II es un concilio eclesiológico por excelencia: en la Lumen Gentium hay una extensa y profunda reflexión de la eclesiología y en la Gaudium et Spes, una reflexión práctica sobre su misión en el mundo. Pero hemos de ser conscientes de que no está dicho todo y cada vez más se va profundizando el ser y quehacer de la Iglesia.
Sin embargo, debemos evitar caer en la tentación de construir nuestra propia Iglesia con esquemas artificiales que brotan de modelos de la sociedad o del mundo o de ideologías, que pueden ser tanto de derecha como de izquierda, y que nos llevan a criterios distintos e incluso a veces contrarios al Evangelio. Además, debemos cuidar el no hacer de la Iglesia una idea abstracta. La eclesiología parte de la experiencia de ser la Iglesia de Jesucristo en una comunidad eclesial particular y concreta. Desde la mirada puesta en el Evangelio y en la vida concreta de nuestras comunidades cristianas, sin abstracciones ni

idealizaciones, podemos mantener la fidelidad a Jesús; podemos, así mismo, potenciar un proceso de renovación o de conversión personal y pastoral.

Porque el cotejar el ideal de Jesús con la vida concreta de la comunidad nos lleva a replantearnos el cómo debemos ser y qué pasos debemos emprender para parecernos cada vez más y mejor a ese ideal evangélico, que se expresa taxativamente en la experiencia de las primitivas comunidades cristianas descrita en los Hechos de los Apóstoles.
Cotejar la comunidad concreta con el ideal de Iglesia, nos lleva a beber agua del propio pozo, recurrir a nuestra propia historia eclesiástica, donde encontramos formas de vida cristiana que, a lo largo del tiempo, han concretado este ideal en momentos luminosos de nuestra historia, como también el de tener la valentía de reconocer los momentos en donde por nuestro pecado, cerrazón o ignorancia no hemos sabido, como Iglesia, ser testigos fieles del Evangelio en el contexto social en el que hemos recibido la vocación de ser simiente del Reino.
Hoy podemos ver el pasado de la Iglesia particular con agradecimiento, con la capacidad de discernir qué estructuras, métodos o lenguajes deben permanecer porque han hecho posible que seamos transparencia de Jesucristo y aún hoy tienen validez; como también, el cambiar o despojarse de añadidos que, incluso si fueron buenos recursos en su tiempo, ya no responden a las exigencias de la Nueva Evangelización.

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