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Jesús nos invita a que hagamos buen uso de los bienes terrenales. Por medio de una parábola nos recuerda que Dios es el único supremo dueño de todas las cosas, es el Señor del universo, el Señor de la creación. Y nosotros somos solo administradores de esos bienes que nos ha encomendado mientras estamos en este mundo.

No podemos presumir de ser dueños absolutos de las cosas. Cuando creemos que sí lo somos, lo único que hacemos es dar mal uso de los recursos y dañamos a los demás.

Incluso, por más que nos creamos dueños de las cosas, llegará el día en que inevitablemente las tendremos que dejar. Algún día, cuando termine nuestra existencia, Dios nos dirá: “Dame cuenta de tu trabajo”. Es ineludible; en el testamento que hacemos utilizamos la palabra ‘dejo’ (dejo mi casa a…,
dejo mi dinero a…, etc.). La persona tiene que dejar, tenemos que dejar; llegará el día en que no seremos más administradores de los bienes que se nos confiaron en esta vida, y de ello se nos pedirá cuenta.
Cuando Jesús dice la parábola del mal administrador, presenta una situación que nos desconcierta. Pareciera que elogia el comportamiento engañoso de su trabajador, pero no. En
realidad reconoce que obró inteligentemente y se portó generoso con los deudores de su amo. En la habilidad y la generosidad es donde está la alabanza que hace el Señor.

Debemos comportarnos sin engañar, pero siendo ágiles para hacer el bien con las cosas materiales que se nos han confiando, siendo generosos con los más necesitados.

Los bienes de la Tierra son para remediar nuestras necesidades, pero también para hacer hermanos a los demás, hacer comunión con ellos, para que no haya desigualdad o injusticia, y para que nadie tenga que sufrir y carecer de lo más necesario para vivir con la dignidad de seres humanos e hijos de Dios.
Jesús reconoce, además, que este administrador pertenece más bien al mundo de las tinieblas, pero saca enseñanza de su habilidad para captarse amigos que lo reciban después en su casa.
El Señor espera que seamos generosos para que, con el dinero, nos ganemos amigos que, cuando muramos, nos reciban en el Cielo.
Un adagio chino dice cómo debemos comportarnos respecto a las cosas de este mundo: “La vida en esta tierra es como un puente, y nadie construye una casa sobre un puente”.
Los puentes son para pasar, no para establecerse ahí. La vida es un puente, vamos de paso, y todas las
cosas materiales de este mundo las tenemos que usar para que en este paso se construya fraternidad, para que en nuestro paso por el puente de esta vida construyamos justicia, igualdad, dignidad y paz.
Pidámosle a Dios que nos conceda ser buenos administradores de los bienes que nos ha confiado, y que seamos justos y buenos administradores, porque va a llegar el día que el Señor nos diga: “Ya no serás más administrador, dame cuentas…”. No olvidemos que en nuestro testamento tendremos que poner: “Dejo…”. San Pablo sintetiza el espíritu de esta enseñanza, cuando dice: “Hay más alegría en dar que en recibir”
(Hch 20,35).

Yo les bendigo en el Nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo.

@arquimedios_gdl

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