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JUAN CARLOS NÚÑEZ BUSTILLOS

Vivimos en comunidades cada vez más grandes, complejas y plurales. Las ciudades que habitamos
concentran a millones de personas que comparten un mismo territorio, pero que tienen creencias y maneras de entender el mundo muy distintas. Resulta, entonces, imposible –y además indeseable– que todas las personas pensemos y opinemos de la misma manera. La diversidad es parte de la vida actual. En estas circunstancias pudiera parecer imposible que podamos ponernos de acuerdo en torno a la manera en que hay que vivir y resolver los problemas que nos son comunes.
Sin embargo, la diversidad, lejos de ser un impedimento para construir sociedades pacíficas, puede ser
una oportunidad para crearlas, si partimos de llegar a algunos acuerdos básicos que permitan el desarrollo de todas las personas.

Las comunidades pequeñas suelen tener una identidad común muy arraigada. Comparten una misma manera de entender la vida y de hacerle frente. Esta característica tiene la ventaja de generar vínculos
muy fuertes entre sus habitantes, pero tiene también la desventaja de no aceptar con facilidad a quien es diferente.

La persona que no “encaja” en esa cultura puede llegar a vivir verdaderos infiernos. En el mejor de los casos, emigra, si no es que termina por ser expulsada de la comunidad y, en casos extremos, hasta asesinada.
En tanto, en las comunidades grandes, el gran desafío es cómo podemos convivir pacíficamente en
medio de tanta diversidad. Lo que ocurre comúnmente es que los diversos grupos intentan hacerse del
poder para imponer desde ahí su propia visión. Pero esto resulta injusto y violento, pues atenta contra
uno de los principios básicos del ser humano que es la libertad.

¿Qué hacer entonces? El filósofo John Rawls propone una alternativa: el consenso traslapado. De una manera muy simplificada, podemos decir que se trata de una alternativa para que los ciudadanos
lleguen a un acuerdo sobre los elementos básicos que permiten la existencia de todas las maneras de pensar y favorecen la justicia.

Es decir, en lugar de que un grupo imponga su punto de vista sobre los demás, se encuentran los
elementos comunes que todas las personas deben procurar y sobre el respeto a ellas cada uno practica sus creencias. Por ejemplo, seguramente todas las personas podríamos estar de acuerdo en que no hay que asesinar, aunque luego algunos quieran ayunar en ciertas fechas y otros no.
Desde una perspectiva similar se plantea la ética de mínimos. Se trata de encontrar aquellos preceptos que pueden ser exigibles a toda persona en una sociedad plural, independientemente de su ideología. Así, seguramente todos podríamos estar de acuerdo en la importancia de atender a un niño enfermo, aunque luego podamos tener visiones distintas sobre cuál es el mejor partido político, si hay que ser vegetariano o no, o si es mejor la homeopatía que la alopatía. Comenzar por distinguir cuáles
son los valores mínimos en que podríamos estar de acuerdo y por no querer imponer nuestra manera de
pensar a los demás, podría ser un buen principio en el proceso de pacificación que requiere el país.

¡Bienaventurados los que tejen hilos de Paz!

@arquimedios_gdl

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