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LAURA CASTRO GOLARTE

Durante décadas, los mexicanos hemos exigido, deseado, pedido, demandado y hasta simplemente soñado, que el gobierno no sea tan caro, que la clase política no despilfarre ni robe y que se corrijan vicios añejos que se incrustaron en la estructura de las administraciones públicas como lapas imposibles de remover.
Estoy segura de que muchas personas lo tienen en mente. Recuerdo, por ejemplo, los excesos a los que se llegó en la administración de José López Portillo, un presidente que sedujo a la población sólo para engañar a los mexicanos y esquilmarnos de la peor manera; los agravios fueron descomunales, todavía se sufren consecuencias: la Colina del Perro, las lágrimas de cocodrilo, la fuga de capitales, el engrosamiento del aparato gubernamental, el nepotismo, las malas y pésimas decisiones, las prebendas, los abusos, el tráfico de influencias, privilegios para unos cuantos con cargo al erario; la profundización de la pobreza y las desigualdades; el ascenso del crimen organizado. Y para nosotros el dolor, el coraje, la impotencia y la desconfianza.
Aquel sexenio forma parte de la historia reciente de nuestro país; no han pasado cincuenta años y está en la memoria colectiva de millones de mexicanos. Fue una de las peores administraciones que hemos padecido, a tal grado corrupta, que el siguiente presidente Miguel de la Madrid, del mismo partido, enarboló como lema de campaña y luego de gobierno, la “renovación moral”. En ese periodo, y en los dos anteriores, el aparato burocrático creció de manera exponencial, bueno, hasta fue tema de una película de Cantinflas (El ministro y yo, 1976).
Luego, para legitimarse, apareció en escena Carlos Salinas de Gortari con la bandera de “adelgazar” al Estado ¿Lo recuerdan? Había que desmantelar el aparato y en gran medida había razón en ello, pero fue engañoso, no se trató de una medida de fondo, sino de paliativos y decisiones para deshacerse de empresas paraestatales inútiles, mientras se debilitaba al Estado en asuntos sustantivos como la tenencia de la tierra.

Ernesto Zedillo, entre 1994 y el año 2000, redujo aún más la participación del Estado, no para mejorar el estatus de México en el concierto internacional, sino para fortalecer el ascenso del capitalismo que implicaba, bajo esa lógica, la explotación de los trabajadores, el mantenimiento deliberado de los bajos salarios, de las cada vez más precarias prestaciones; mientras se continuaba con la simulación y el engaño con los líderes sindicales y su riqueza inexplicable y no fiscalizable. La gota que derramó el vaso, pero que para ellos fue la cereza del pastel (sin contar el Fobaproa y la venta de los ferrocarriles, entre otras decisiones desastrosas) la constituyó la reforma de pensiones que castigaba a los trabajadores independientes con una pensión de la mitad de su salario luego de 30 años de trabajo y confirmaba la existencia de mexicanos de primera, de segunda y de tercera entre la burocracia dorada, los burócratas en general y los trabajadores en empresas privadas de todos los sectores: servicios y turismo, industria y actividades primarias.

No hubo sindicatos ni líderes que salieran en defensa; la reforma se consumó y lidiamos desde entonces con sistemas de ahorro para el retiro, afores y otras figuras complejas, topadas y castigadas, que no mejoran las expectativas de los trabajadores que desean, con toda la legitimidad y la justicia, jubilarse.
Es posible que esto cambie y son buenas noticias para los trabajadores. Dentro de una semana el Ejecutivo enviará un paquete de reformas al Legislativo que incluyen cambios en materia de pensiones, para que el trabajador que no se desempeña en alguno de los órdenes o niveles de gobierno reciba una pensión justa y acorde a todos los años que trabajó para un patrón o para otro.

La postura es hacia un cambio de fondo y permanente; ajeno a conductas abusivas y corruptas de parte de los gobernantes. Urge que no sea efímero, ni un paliativo, que no sea temporal o como placebo, sino un paso real y profundo hacia mejores condiciones para los trabajadores que más horas trabajan en el mundo y que, pese a los incrementos, ganan menos. Urge que la calidad del trabajo en México esté sometida a procesos de mejora continua y que no dependa de vaivenes electorales.

@arquimedios_gdl

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