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Jorge Rocha Académico del ITESO

El pasado 20 de noviembre comenzaron las pre-campañas electorales y también aparecieron los primeros eventos públicos de las y los candidatos definitivos que contenderán a partir del próximo año, tanto en el ámbito federal, como para los comicios locales, por un cargo de elección popular. Este periodo durará hasta el 18 de enero de 2024 y las campañas electorales se realizarán del primero de marzo al 29 de mayo del próximo año.
La jornada electoral será el domingo 2 de junio del 2024.
De acuerdo a la normativa electoral, las pre-campañas tienen dos propósitos fundamentales, el primero es que las y los militantes de los partidos políticos y sus coaliciones conozcan a su pre-candidatas y pre-candidatos a puestos de elección popular; el segundo es que, de acuerdo con lo estipulado por cada instituto político, se elija a quiénes contenderán en los procesos electorales constitucionales. Esto es lo que en algunos países se les llama elecciones primarias. Para el caso del actual proceso electoral esto resulta una simulación, primero porque las pre-campañas de facto están dirigidas a toda la población y no sólo a los militantes de cada partido político y en segundo lugar porque no habrá ningún proceso de elección interna, eso ya sucedió y ahora lo que vemos son recorridos de “candidatas y candidatos únicos”. Es decir, tendremos casi dos meses de la vida pública nacional, haciendo un ejercicio que no servirá para nada y sólo es una simulación.

Si pensamos en el camino recorrido en término de propaganda electoral, llevamos meses con candidatas y candidatos en campaña, continuamos con estos procesos de pre-campaña y entraremos en campañas formales en unos meses más. Es decir, estamos inmersos en campañas políticas permanentes, que nunca terminan y la clase política de este país vive atada a ello. Esto sin duda que provoca muchas consecuencias negativas, que a continuación detallo:

1) Distracción de las labores de gobierno. Como se dice coloquialmente, “no se puede repicar las campanas y andar en la procesión”, la clase política vive permanentemente distraída en el cultivo de su imagen pública y parece que los procesos de gobierno y los cargos para los que fueron elegidos pasan a segundo término, en muchas ocasiones parece que el puesto anterior fue sólo la plataforma para acceder al nuevo cargo y donde lo verdaderamente importante es mantenerse viviendo del erario público y de la influencia que estos cargos otorgan, más que resolver de fondo las demandas ciudadanas. El mantenerse en campañas permanentes obstaculiza la toma de decisiones en asuntos que son muy relevantes, pero donde el costo político puede ser alto y poco popular.
2) Hartazgo ciudadano. Ninguna ciudadanía aguanta campañas tan largas y permanentes. La ciudadanía más que mensajes de mercadotecnia, lo que requiere son diagnósticos serios de los problemas sociales y alternativas de solución viables y eficientes para estos problemas. Todo lo demás sale sobrando.
Ahora mismo ya se experimenta un hastío ante tantos mensajes que sólo tienen el propósito de posicionar personajes políticos y llamar al voto. Esta dinámica más que entusiasmo, provoca alejamiento de lo público.
3) Desgaste a los partidos políticos. Es cierto que los institutos políticos tienen como propósito central obtener cargos públicos y ganar elecciones, sin embargo hay otras tareas sustantivas que las campañas permanentes dejan de lado, por lo menos menciono dos: la ausencia de formación de cuadros, que provoca una disolución ideológica de los partidos y el reciclaje de personajes políticos en las candidaturas; y que los partidos no han sido capaces de construir propuestas sólidas de programas de gobierno, que ahora sólo se reducen a frases huecas y una lista de buenas intenciones que no tienen sustento en la realidad.
4) Mala calidad en contenidos. Todo lo anterior ha provocado que el nivel de las campañas políticas sea paupérrimo, sin propuestas sólidas, llenas de frases comunes, con acusaciones mutuas sin fundamento, sin diagnósticos sólidos. Son campañas de envases vacíos, con mucha producción, pero con contenidos mínimos que además menosprecian la inteligencia del electorado. Estamos muy lejos del ágora y muy cerca del circo.

5) Procesos electorales de muy alto costo. La producción y la duración de las campañas provocan que los procesos electorales sean demasiado costosos y caros. Los resultados no se corresponden con la inversión social y son millones de pesos erogados que poco sirven para fortalecer nuestra democracia.
Es cierto que la época electoral dinamiza la economía de México, pero parece inmoral que tanto dinero público sea utilizado para estos fines, cuando las necesidades sociales son tan altas. Sólo recordemos los recursos que se necesitan en Guerrero para reconstruir los daños que dejó el huracán Otis o lo que requieren las familias que han sido víctimas de la violencia para seguir con sus vidas.

Estamos ante una sensación de procesos electorales interminables y campañas políticas que son largas, caras, sin contenido y chafas. Así nuestro México donde la desafección por la democracia crece y por lo tanto las tentaciones autoritarias de todas las ideologías se incrementan.

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