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Se avecina el Carnaval, esa fiesta popular que se celebra en algunos países –y México no es la excepción– durante los días que preceden a la Cuaresma. Las carrozas ya estarán preparadas para los desfiles, las comparsas habrán ensayado incansablemente.
Vendrá el momento de los bailes con disfraces y otros regocijos bulliciosos.
Con relativa frecuencia suelen degenerar en comportamientos inadecuados y acompañados de un aumento de violencia y criminalidad. Los estudiosos de la etnología y el folklore han intentado determinar el origen histórico de esta fiesta, llegando a relacionarlo con antiguas festividades romanas o helénicas, e incluso con algunas prácticas y ritos de las religiones de misterios que, desde ámbitos en su mayoría orientales, alcanzaron luego a los pueblos y culturas de la cuenca del Mediterráneo antiguo. El eco lo encontraron en los ritos dedicados a las divinidades como Cibeles, Attis, Démeter, Dionisio, Isis, Osiris.
El carácter de la fiesta del carnaval coincide en ciertos casos, por su fecha, con festividades existentes antes o contemporáneas del advenimiento del cristianismo. Por ejemplo las dedicadas por los griegos al dios Cronos, a Dionisio llamadas dionisiácas.
Asimismo las Antesterias, fiestas que tenían una clara vinculación con las saturnales y bacanales del Imperio romano. Fiestas otras más, por la llegada de la primavera y la apertura de la temporada de la navegación, principalmente en el Mediterráneo. Para su celebración se formaba una especie de cortejos o procesiones que acompañaban al car-navale, un carro o anda en forma de nave sobre la que se portaba la efigie de la divinidad. El mito del Eterno Retorno, que nos lleva a una visión cíclica de la historia como ámbito en el que todo se repite en el interior del llamado Gran Tiempo, es decir, el tiempo que el hombre y su sociedad desarrollan su cultura y que puede medirse de alguna manera con el tiempo que, como todo ser biológico, conoce nacimiento, madurez, decrepitud y muerte, y es necesario reavivar o rejuvenecer con ceremonias adecuadas como la del carnaval.

Carnaval, periodo de licencia y desenfreno con un papel primordial por parte de las máscaras, y la muerte o destrucción de un personaje figurado o real “El Rey del Carnaval”, antiguo “Rey de Burlas” y simbólico representante de Saturno o de una deidad a él asimilada. La muerte o destrucción del “Rey del Carnaval”, de un pelele que lo personifica, muere y es enterrado con un carácter burlesco. Y hasta ahí su historia. Participar en los eventos carnavalescos de nuestros días, por las circunstancias de los tiempos, ¿será lo mejor? Considero que, si en otras ocasiones debería pensarlo cualquier persona, hoy se tendría que hacer más de dos veces. Más vale prevenir que lamentar. Por otra parte, mucho de “carnaval” encontramos en el diario acontecer, subrayado desde el 2023 y matizado de manera especial en estos meses de 2024 y hasta el 2 de junio. O a poco no han visto los disfraces, las máscaras de algunos que dicen transformarán nuestro territorio estatal o nacional. ¿Cuántos “carnavales” hemos visto a lo largo de muchos sexenios? O mejor, ¿cuántos disfraces” siguen empleando los que se proclaman mesías y lo seguirán haciendo? La culpa no es del indio, sino del que lo hace compadre. Los ciudadanos debemos empezar por quitarles las máscaras a quienes tanto nos han prometido y mentido. No está nada bien permitirles que sigan con sus mítines bulliciosos y sus acarreos, con su teatro, con su ambición de personificarse como reyes cuando más de alguno es un simple pelele.
Algunos ya están siendo “enterrados” de una manera burlesca. No merecen algo más.

@arquimedios_gdl

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