upc4

A 50 años de partir a la Casa del Padre

Pbro. Armando González Escoto

Existe la tendencia, muy humana, a externar sentencias y juicios afirmando que tal o cual personaje ha sido el mayor o el mejor de todos los tiempos, en función de que hizo tal o cual proeza. Esta tendencia también se observa cuando nos referimos a un determinado personaje eclesiástico, sea presbítero, seglar, religioso, religiosa, u obispo. Cuando oye uno tales afirmaciones la pregunta fundamental es ¿en qué criterios o medidas se basan para fundar sus opiniones?

Acercarnos a la figura de José Garibi Rivera nos invita justamente a tomar en consideración los parámetros que han de utilizarse para definir el tamaño del personaje.

Tuve el gusto, pero, sobre todo, la impresión de conocer en persona al señor Garibi, y digo la impresión porque era un ser humano impresionante, una de esas personas que no pueden agotarse en la suma de sus partes, que rebasa su espacio inmediato, que despierta una sensación de veneración y de asombro, pero no de lejanía, todo lo contrario, su presencia era cálida y atrayente, por así decirlo, resplandecía, pero no encandilaba. Pero, además, su trato era siempre coloquial, aunque después supiéramos que también sabía ser el hombre enérgico y de autoridad cuando así se requería.

Lo que yo, de niño y de adolescente, observé, fue cuánto amor y veneración le tenía la gente, su presencia era buscada, y recibida como un privilegio, se le miraba con profundo respeto y cuando se hacía presente, muchas personas trataban al menos de tocar sus vestiduras.

Lo que en ese momento no sabía era la extraordinaria calidad de la persona que tenía enfrente, su trayectoria difícilmente comparable con la de ningún otro obispo que haya pasado por Guadalajara, y sé, que ningún obispo del pasado, donde Dios lo tenga, o del presente, podría jamás poner en duda lo que digo.

Garibi Rivera comenzó a gobernar la Iglesia de Guadalajara, primero como auxiliar, en 1930, y desde 1936 como titular. Recibió una Iglesia destruida en una nación dividida, un pueblo cristiano herido en una sociedad resentida y desconfiada, marcada por más de 25 años de Guerra Civil, un presbiterio devastado, disperso, donde muchos fueron confesores de la fe, y otros, mártires, también presbíteros alejados y relajados por los años de suspensión del culto religioso, en comunidades de fieles laicos igualmente disociadas y cada vez menos practicantes, sin recursos económicos, sin infraestructuras de ningún tipo, sin claridad canónica, y en un constante enfrentamiento heredado de las luchas entre Iglesia y Estado.

Fui también testigo de sus funerales. El señor Garibi murió el 27 de mayo de 1972, hace ya cincuenta años. Nunca había visto nada semejante, las filas de fieles para ingresar a la catedral, durante los días de la velación, rodeaban toda la Plaza de la Liberación, y de muchas regiones del país llegaron representantes para participar en la misa exequial. Guadalajara estaba conmocionada. Lo que después supe fue la enorme cantidad de “pésames” ofrecidos por los personajes más significados del mundo político, económico y cultural del país.

Fiel a su nombre, Garibi Rivera fue el esposo fiel de la Iglesia tapatía, el que de nuevo la dotó de casa, vestido y sustento en todos los aspectos y niveles, comenzando por reconstruir y construir todas las casas del seminario, así como las casas de ejercicios y del sacerdote, alentando, restableciendo e innovando los movimientos seglares en todas las parroquias, defendiendo y restaurando la visita anual de la Virgen de Zapopan a todos los templos de la ciudad, con las procesiones públicas que caracterizan esta antigua tradición, reconciliando a la sociedad y apoyando un proyecto de país basado justamente en la reconciliación nacional, hombre de diálogo, constructor de puentes, tejedor de alianzas para el bien del pueblo de Dios y de la misma ciudadanía, nadie podría haber quedado indiferente ante la noticia de su muerte.

Juan XXIII lo nombró primer cardenal mexicano en 1958, un cardenal que vivía en la azotea del arzobispado, anexo a la catedral, en un departamento con sabor de antaño, sin lujos y con estrecheces, como seguramente era propio de un personaje de tan extraordinaria talla. ¿Cómo olvidarlo a 50 años de su paso a la casa del Padre?

armando.gon@univa.mx

@arquimedios_gdl

TE INVITAMOS A FORMAR PARTE DE LOS

Comunicadores Parroquiales

Los cuales promueven la Pastoral de la Comunicación en sus Parroquias

Dirección

"En la Iglesia tenemos urgente necesidad de una comunicación que inflame los corazones, sea bálsamo en las heridas e ilumine el camino de nuestros hermanos y hermanas"

Papa Francisco

Copyright @2023 – Todos los Derechos Reservados.