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Héctor Quintero López

Una tradición novogalaica que se ha resistido a desaparecer es la celebración de Viernes de Dolores; si bien las festividades a Jesús Divino Preso continuaban en el colegio de niñas de San Diego, el Viernes de Dolores y en el colegio de Santa Clara el Domingo de Pasión, la comunidad tapatía conmemoraba por doquier el último viernes de Cuaresma a la Virgen María al pie de la cruz, en sus advocaciones de Nuestra Señora de Dolores y Soledad, esta última devoción tan antigua como la ciudad, pues fue una imagen mariana que bajo este título recibió gran culto en Guadalajara.

De los altares o incendios de Dolores, sabemos que se hacían conforme a la piedad popular, colocando en un sitio de honor, una mesa grande y gradas, todo cubierto por manteles deshilados o papel de china picado, se acompañaban de flores, macetas (figurando un huerto o calvario), naranjas agrias con banderitas de oro, esferas de cristal y dependiendo la economía veladoras o velas con adornos de cera escamada que al ser encendidas realzaban los altares, pero entre todo ello resaltaba la Imagen de la Madre Dolorosa, de esto nos da razón el maestro Ramón Mata Torres en su libro
Los tradicionales altares de Dolores en Guadalajara:

“El motivo central y más importante de los altares de Dolores es la Imagen de Nuestra Señora. Podía y puede ser de bulto, un cromo, una litografía, una pintura… El aspecto artístico de las imágenes es importante en esta tradición. Había artistas que realizaban bellas esculturas para estrenar en el altar, como las del escultor Cruz de la Mora, quien vivía en Zapopan, famoso por sus altares en los que colocaba varias figuras. La Dolorosa como obra de arte era motivo de la visita de parientes, amigos del autor, de comentarios, de halagos y de gratas conversaciones y esto era lo mismo cuando se trataba de una escultura, una pintura o una litografía”.

El mismo autor refiere que la noche del Viernes de Dolores, al toque de oración marcado por las campanas de la Catedral, se ofrecían a nuestra Señora, rezos y profundas meditaciones por sus Dolores, acompañándola y tratando de “distraerla” de sus penas con los ofrecimientos que sus tiernos hijos le hacían.

“Al termino de estos actos, era tradición ofrecer “lágrimas de la Virgen,” dulces y frescas aguas que iniciaron el popular dicho: ‘¿ya lloró la Virgen?’ y generosas las aguas se vertían entre los devotos”.

PATRONA CONTRA TEMBLORES
Varios fueron los sismos que atormentaron la ciudad el último tercio del siglo XVIII y que hasta echaron por tierra las torres de la Catedral, provocando que el Ayuntamiento tapatío sorteara un intercesor ante la Corte celestial, resultando favorecida María Santísima

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