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Sergio Padilla Moreno

Hace unos días se apagó la vida terrenal de una buena mujer: la señora Chelo Quezada, así conocida a partir de su matrimonio con el Dr. Miguel Quezada, reconocido y apreciado médico y profesor aquí en Guadalajara. La Eucaristía previa a depositar sus cenizas en el templo del Santísimo Redentor, fue presidida por su amigo, el Cardenal José Francisco Robles Ortega, quien recordó en su homilía algunos rasgos de la fe de Chelo.

Yo tuve el gusto de conocerla desde hacía tres lustros, cuando me incorporé como profesor sustituto en el grupo de señoras que ella había formado muchos años antes. Durante quince años me reuní con este grupo, todos los lunes en los periodos que marcaba el calendario escolar oficial, a reflexionar durante más de una hora sobre temas bíblicos, espirituales y teológicos. Además de los momentos propios de estudio y reflexión, las charlas y convivencia posterior a las sesiones nos permitían compartir la vida y algunas sabrosas viandas que cada una de las señoras ofrecía en el mes en que les tocaba recibir al grupo en sus casas.

Durante todos estos años en que nos reuníamos cada semana, pude conocer de cerca muchas de las experiencias de vida de Chelo. Siempre me llamó la atención su amabilidad, atención y cercanía conmigo y con las demás señoras del grupo. Nunca faltó en los tiempos en que, por vacaciones dejábamos unas semanas de vernos, nos llamaba para preguntar cómo estábamos en nuestras personas y nuestras familias. 

Uno de los rasgos que mencionó el Cardenal Robles fue el hecho de que Chelo vio muy de frente la muerte, siempre con un alto sentido de fe. No fue fácil para ella enfrentar la muerte de dos de sus hijos, uno en plena juventud hace varios años a causa de un accidente y el otro más recientemente a causa de una larga enfermedad, donde ella siempre estuvo a su lado. En medio de estas dos muertes, enfrentó hace algunos años la sorpresiva partida de su amado esposo Miguel, así como de su nuera. Cuando en las clases o de manera personal hablábamos de estos temas, me sorprendía su serenidad, su profundo sentido de fe y su capacidad de aceptación de la realidad.

Chelo fue una esposa, madre, abuela y amiga entrañable. También me atrevería a decir que fue una muy buena suegra y cuñada, así como también buena jefa en el negocio que tuvo por varios años. Muchos de quienes la conocimos seguramente fuimos testigos, en medio de sus muchas luces, de algunas sombras propias de su condición humana, pero ninguna de ellas opaca su profundo sentido humano y cristiano.

Hago mías las palabras del escritor y sacerdote Pablo d´Ors, en su libro Sendino se muere, donde comparte la experiencia de acompañamiento de una amiga suya en su proceso de preparación a la muerte a causa de una grave enfermedad: “se alumbró a sí misma para la eternidad. Y yo soy testigo.” Lo mismo siento y pienso de Chelo.

@arquimedios_gdl

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