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Tercera y última parte

IGNACIO ROMAN MORALES
ACADÉMICO DEL ITESO

En nuestros dos comentarios previos para El Semanario, hemos efectuado una revisión somera de las principales decisiones económicas del gobierno federal y de la evolución de los principales indicadores macroeconómicos y socioeconómicos desde el 2018: actividad económica (PIB), precios, inflación, distribución del ingreso, pobreza y empleo. Sin embargo, existen dos elementos más que son fundamentales: nuestra situación financiera frente al resto del mundo y las cuentas del sector público. Aunque ambos indicadores parecen menos interesantes que los que nos incumbe inmediatamente a nivel individual, estos indicadores son igualmente críticos.
En efecto, la inmensa mayoría de las crisis del último medio siglo en los países de ingresos bajos y medios, estallan ante las dificultades de que éstos puedan estar pagando su deuda pública y de las dificultades de los gobiernos para sostener su gasto económico y social. Vienen entonces las devaluaciones, el derrumbe en el poder adquisitivo de la población, el cierre de empresas, los despidos, la incapacidad del Estado para sostener el gasto, inclusive en cuestiones básicas, etc. El ejemplo reciente más notorio y doloroso es el argentino, un país que normalmente cuenta un nivel de vida y de consumo superior al de México, pero cuyo salario mínimo actual equivale a 127 dólares al mes (al tipo de cambio denominado “blue”), menos de la tercera parte del salario mínimo en México. El costo de la Canasta Básica en ese país es de $185,000 pesos argentinos mensuales, en tanto que el salario mínimo es de $156,000 (al primero de diciembre).

En cuanto a México, la deuda pública hace seis años (al cierre del 2017) representaba 46.2% de nuestro Producto Interno Bruto.
Al cierre del 2023 se espera que llegue al 46.3%. En otras palabras, proporcionalmente hablando queda prácticamente igual. Esto no significa que no hayan existido cambios al interior del periodo: en el año 2020 llegó a 49.9% (por la caída del PIB, ante la crisis del COVID) y para el 2024 se espera que llegue a 48.7%, esta vez por la contratación de nueva deuda.
No obstante, el endeudamiento ha sido mucho menor que en la mayor parte del mundo: el caso argentino es extremadamente doloroso, pero gran parte de los países más pobres del mundo, en especial las naciones africanas al sur del Sahara, se encuentran en un riesgo inminente de suspensión de pago de su deuda y, con ello, de entrar en crisis que pueden llevar al punto de alcanzar hambrunas. En cuanto a los países ricos, la deuda externa de los Estados Unidos representa alrededor de 120% de su PIB y en Japón supera el 250% de su PIB.
En otras palabras, el manejo del gobierno mexicano con respecto a la deuda ha sido sumamente conservador (el miedo a la crisis no anda en burro).

El gran problema es de dónde saca México el dinero para mantener su estabilidad financiera: (I) Gran permisibilidad al sector automotriz (en términos de condiciones laborales, contaminación y subsidios públicos), por la dependencia que tenemos de sus exportaciones; (II) una dependencia paralela en Jalisco del sector electrónico; (III) una gigantesca necesidad de las remesas que nos envían los migrantes en Estados Unidos y, en consecuencia, la necesidad de los hogares y del país, de mantener el éxodo; (IV) una histórica dependencia de las exportaciones de petróleo crudo, pero ahora en pleno proceso de agotamiento (al menos del excedente exportable); (V) una gran necesidad de inversión extranjera directa, en gran parte compra de empresas que eran mexicanas o fusiones con ellas; (VI) especulación de bonos mexicanos (incluyendo de PEMEX) en las bolsas de valores internacionales; (VII) altas tasas de interés para atraer capitales extranjeros, etc. En otras palabras, nuestra estabilidad financiera pasa por tener que someternos a los capitales extranjeros en múltiples campos.
En cuanto al gobierno, mantiene un déficit (un gasto mayor a sus ingresos) relativamente controlable en el corto plazo. Por una parte, el Estado ha incrementado fuertemente su gasto social en transferencias a los hogares (pensión para adultos mayores, población indígena, habitantes en zonas de extrema pobreza, población con discapacidad, madres solteras, estudiantes de bachilleratos públicos, etc.) así como en infraestructura, especialmente en el centro y sur del país (aeropuerto Felipe Ángeles, Tren Maya, Transítsmico, Refinería de Dos Bocas, Tren México-Toluca, etc.) y en subsidios diversos, especialmente a los combustibles, para impedir que se disparara la inflación. En contraparte, ha sido fuertemente debatida la reducción real de gasto en Ciencias y Tecnología, medio ambiente, cultura, instituciones autónomas, etc.
INCERTIDUMBRE A MEDIANO PLAZO
Hacia el mediano plazo, existen nubarrones mayores: el déficit de la seguridad social (IMSS e ISSSTE) y especialmente del sistema de pensiones. Las deudas de PEMEX y de la CFE, la enorme dependencia de lo que ocurra en los Estados Unidos, los impactos sobre el empleo de la revolución tecnológica (y de inteligencia artificial), las consecuencias de las guerras, las tensiones que puedan derivarse tanto de la migración de México a Estados Unidos, como de la Transmigración internacional a través de México, la vulnerabilidad ambiental, etc. Al mismo tiempo, aparecen posibilidades de mejora por la apuesta al “nearshoring” (inversiones dada la cercanía de México con Estados Unidos), la estabilidad financiera, la mejora en la distribución del ingreso, la reducción de la pobreza, la baja inflación, etc.
En conclusión, estoy lejos de considerar que esta administración haya sido maravillosa, existen múltiples cuestionamientos sociales que no han sido adecuadamente atendidos. Tampoco se ha presentado una ruta clara de decisiones públicas para garantizar la sostenibilidad financiera de los requerimientos de salud, educación, cultura, ciencia, medio ambiente, equidad social, derechos humanos, construcción de paz, etc. No hay una postura que consienta una reforma fiscal que permita en el largo plazo un país más equitativo.
Sin embargo, estoy aún más lejos de considerar que todo lo que se ha hecho ha estado mal. Por primera vez en décadas ha mejorado el poder adquisitivo del salario y ha existido una acción real para la mejora distributiva. Hemos dejado de tener gobernantes que se comportan y gastan para sí mismos como reyes y se cuenta con una comunicación más directa a nivel social.
Lo que resulta inquietante es que del lado de la crítica al gobierno federal haya tan escaso reconocimiento a lo que se ha hecho bien, en tanto que desde el lado pro gubernamental haya tan poca aceptación a la crítica, que no siempre es destructiva, sino en la búsqueda de que realmente podamos vivir juntos.

@arquimedios_gdl

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