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Los ciudadanos libres tomaron las calles y las plazas este domingo 18 de febrero para exigir el respeto a la democracia, frente a la amenaza de una elección de Estado y una muy posible desaparición de los órganos autónomos que regulan y equilibran el poder del Ejecutivo federal, conforme a la propuesta de reforma constitucional que envío el Presidente López Obrador al Congreso de la Unión.
No fue una marcha contra el Presidente, aunque algunos propagandistas del régimen así lo quieren ver, sino un ejercicio libre, y con todo derecho, para defender la incipiente democracia que se ha logrado con sudor y sangre. La democracia es el ejercicio de la ciudadanía, entendida ésta como la responsabilidad social que tenemos todos, en cuanto ciudadanos con obligaciones y derechos, en la construcción de la polis, es decir, de la sociedad en la que vivimos. La democracia se ejerce por los ciudadanos libres y conscientes que participan en varios niveles.
El primer nivel, el más básico y elemental, es el sufragio al emitir el voto por quienes los partidos políticos proponen como candidatos a cargos de elección popular. Sin el sufragio libre es imposible pensar en una auténtica democracia; pero para que se dé, el Estado debe garantizar la imparcialidad en la contienda sin asumir una candidatura como propia ni mucho menos aprovechar los recursos públicos, que pagamos todos con nuestros impuestos, para la campaña electoral de promover a los candidatos del partido gobernante. Sobre todo, se pueden aprovechar los programas sociales para manipular a los beneficiarios, a los que se les hace sentir que es el partido en el gobierno el que ofrece la ayuda y no una política de Estado.

Un segundo nivel es pedir la rendición de cuentas a quienes gobiernan.
Desgraciadamente, en nuestro país los partidos políticos o las corrientes ideológicas tienen más un carácter religioso.
Los ciudadanos no hacen la mínima crítica a quien gobierna si pertenece a la corriente ideológica con la que se identifica, lo que genera una concepción maniquea de la sociedad. Al gobierno se le deben pedir cuentas porque pagamos impuestos y su obligación es ser eficaz, independientemente de su color u orientación ideológica.

Un tercer nivel de democracia es la de participar en el debate público. Tener contacto con los diputados elegidos que deben, en una verdadera democracia, responder a sus votantes y no tanto al partido. En México los diputados son unos borregos que votan no consultando a los ciudadanos sino a sus intereses partidistas, muchas veces incluso contra su consciencia. Por eso debemos hacernos escuchar por ellos y promover el diálogo para que nos escuchen y verdaderamente nos representen.
El cuarto nivel es el de participar en la construcción responsable de la República a través de los medios que tenemos a nuestro alcance: la información de diferentes fuentes, la manifestación pública de lo que pensamos y queremos, la participación corresponsable en los comités de barrio o de pueblo, cumplir con las obligaciones legales y exigiendo nuestros derechos.

@arquimedios_gdl

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