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LUIS SANCHEZ

Hablar de desigualdad implica entenderla en términos cuantitativos y cualitativos, desde su contexto particular y de quienes la viven día a día. Para esto, hay que partir de una realidad actual que nos coloca en una región que históricamente se caracteriza por las brechas en el acceso a una calidad de vida que dista mucho de lo que la mayoría de la población esperaría: Latinoamérica.
En primera instancia analicemos el índice de Gini según su última medición en 2020, que coloca a países de la región muy por encima del promedio de la OCDE de 0.365, como Brasil, con 0.513; Colombia, con 0.508, o México con 0.487. Aún más grave es que esta problemática se agudiza al enfocarnos en las ciudades más grandes: ejemplo de esto a nivel local sería Zapopan, con un índice de desarrollo humano cercano al de países europeos, pero que, al adentrarnos en el municipio, es posible presenciar una desigualdad no evidente de simple vista y que, sin embargo, coloca al municipio como el más desigual en el estado.

Para entender desde dónde partir, el fin de semana tuve la oportunidad de adentrarme un poco más en los instrumentos de medición, y así tener un panorama más claro para hacer frente a un problema tan complejo, analizando herramientas como el Índice de Pobreza Multidimensional, que desde 2018 se implementa en diversas regiones y donde se detectan las principales dimensiones útiles para que nuestros tomadores de decisiones puedan implementar políticas públicas que mejoren la calidad de vida de la mayoría de sus ciudadanos: salud, educación, vivienda, trabajo.
Aterrizando un poco más este elemento, debería ser un llamado de atención a nuestros gobernantes que en la región de la que formamos parte, la satisfacción de las personas gire en torno a dos ejes principales: la vivienda y el barrio que habitan, de acuerdo a varios estudios. Las características del espacio que habitan y el entorno en el que deben convivir, así como las facilidades y accesibilidad del mismo tienen un impacto directo en su bienestar.
Quienes toman decisiones deben partir de lo anterior: de entender la división social y las causas de la misma, así como las necesidades reales a las que se enfrenta, como el acceso a determinados servicios y bienes, y así poder diseñar intervenciones, por ejemplo, de políticas educativas que preparen mejor a los niños y jóvenes y que así puedan acceder a empleos mejor pagados; políticas de empleabilidad pero a su vez, mejoras en las condiciones laborales, trabajos dignos; políticas que permitan a los ciudadanos una mejor accesibilidad a un transporte de calidad, así como programas de acceso a una vivienda.
Evidenciar que la desigualdad está presente es el primer paso para que nuestros tomadores de decisiones finalmente diseñen e implementen políticas que representen realmente un combate a los problemas que aquejan a sus representados.

Nos leemos la siguiente semana, y recuerda luchar, luchar siempre, pero siempre luchar desde espacios más informados que construyen realidades menos desiguales y pacíficas.

@arquimedios_gdl

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