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ROMÁN RAMÍREZ CARRILLO

Los vicios y virtudes desde las catequesis del Papa

El último miércoles de diciembre de 2023, en la última audiencia general del año pasado, el Papa Francisco inició un ciclo de Catequesis sobre los vicios y las virtudes, que han continuado en estos primeros meses del año 2024, como signo de su celo y su amor pastoral.
CUIDAR NUESTRO CORAZÓN
A esta primera catequesis la tituló: La Custodia del Corazón. El punto de partida para esta reflexión es el libro del Génesis, en el que se describe “la dinámica del mal y de la tentación” a través del encuentro de los antepasados, Adán y Eva, con la serpiente, símbolo del mal. La serpiente es “un animal insidioso”, dice el Papa, puede camuflarse fácilmente y por eso es “peligrosa”. En la Biblia se explica que este reptil se presentaba como un “dialéctico refinado”, quien logra su cometido al engañar a los mencionados anteriormente diciéndoles que Dios les había prohibido consumir algún fruto del jardín.
Pero esta prohibición no pretende inhibir al hombre del uso de la razón, como a veces se malinterpreta, sino que es una medida de sabiduría. Como si dijera: “reconoce el límite, no te sientas dueño de todo, porque el orgullo es el principio de todos los males”.
El pontífice advierte que: “Con el Diablo no se dialoga, con él nunca se debe dialogar”.
Y pide estar atentos pues el Diablo es un seductor. “Nunca dialogar con él, porque él es más astuto que todos nosotros, cuando llegue la tentación, nunca dialogues. Cerrar la puerta, cerrar la ventana, cerrar el corazón. Y así, nos defendemos contra esta seducción, porque el Diablo es inteligente. Intentó tentar a Jesús con citas bíblicas, presentándose como gran teólogo. Estén atentos. Con el Diablo no debemos conversar, y con la tentación no debemos dialogar. La tentación llega: cerremos la puerta, guardemos el corazón”.
LA VIDA ESPIRITUAL DEL CRISTIANO NO ES PACÍFICA Y SIN DESAFÍOS
En la segunda catequesis, del primer miércoles de enero de 2024, aborda el tema del combate espiritual del cristiano.
Y explica, “la vida espiritual del cristiano no es pacifica, lineal y sin desafíos, al contrario, la vida cristiana exige un continuo combate: el combate cristiano para conservar la fe, para enriquecer los dones de la fe en nosotros”.
En la antigüedad, los luchadores se ungían completamente antes de la lucha, tanto para tonificar sus músculos, como para hacer sus cuerpos escurridizos a las garras del adversario. La vida se presenta como una sucesión de pruebas y tentaciones a vencer.

Y explica el Papa que todos, todos tenemos tentaciones, y tenemos que luchar para no caer en esas tentaciones, y señala que en los momentos en que resbalamos en los pecados, Jesús está a nuestro lado para ayudarnos a levantarnos.
Esto da consolación. No debemos perder esta certeza: Jesús está a nuestro lado para ayudarnos, para protegernos, incluso para levantarnos después del pecado.
“Pero, Padre, ¿es verdad que Jesús lo perdona todo?”. – “Todo. Él vino a perdonar, a salvar. Sólo que Jesús quiere tu corazón abierto”.
Él nunca se olvida de perdonar: somos nosotros, tantas veces, los que perdemos la capacidad de pedir perdón.

LA GULA
En este camino de la catequesis el Papa Francisco aborda el vicio de la gula, y señala que en la alimentación se suele manifestar algo interior, por ejemplo, muestra si estamos predispuestos al equilibrio o a la desmesura; manifiesta la capacidad de agradecer o la arrogante pretensión de autonomía, la empatía de quien sabe compartir la comida con el necesitado, o el egoísmo de quien acumula todo para sí.
Incluso en la forma de comer se revela nuestra interioridad, nuestros hábitos y actitudes síquicas. Se cumple lo dicho:
“dime cómo comes, y te diré qué alma tienes”. Platón decía que la templanza es una armonía que se establece entre lo que es inferior y lo que es superior, entre el alma y el cuerpo.
¿Cómo mantener una relación sana con los alimentos? Como en todo nuestro actuar, tenemos un modelo de vida y de enseñanzas en Jesucristo, quien nos da una luz al respecto.
Vemos en su vida que no rechazó el comer con pecadores, ni dejó de proporcionarles un buen vino en los desposorios a los que asistió. Jesús elimina la distinción hecha por la ley judía entre alimentos puros y alimentos impuros:
“No es lo que entra en el hombre lo que lo contamina, sino lo que sale de su corazón”.

Nos invita a mirar nuestro interior, en nuestra relación con la comida: ser quienes dominamos el alimento y no sus esclavos.

La comida está para alimentar lo necesario.
Esta relación serena que Jesús ha establecido con respecto a la manera como nos alimentamos, dice el Papa, debería ser redescubierta y valorada.
LA LUJURIA
Ahora el Papa Francisco trató sobre la lujuria que es una “voracidad”, pero ahora respecto a la sexualidad. El Papa aclara que el cristianismo nunca condena el instinto sexual, al contrario, lo respeta, lo valora mucho y busca protegerlo. Y la castidad es la virtud que la protege.
La sexualidad es muy importante porque está esencialmente unida a nuestra capacidad de amar: al prójimo y a la vida.
Es algo muy bello que Dios ha inscrito en nosotros.
Por ello se ha de evitar que nuestros afectos y amor se contaminen por la lujuria.
El amar es hermoso porque lleva a respetar al otro, a buscar su felicidad, su bien, y la castidad le ayuda a mantener un amor incondicional, desinteresado, generoso y comprensivo, no de posesión, sino de donación, servicial, pues servir es mejor que conquistar. Es como el amor de Dios, libre y gratuito, que podemos pedírselo.

La lujuria, en cambio, se burla de todo esto: la lujuria saquea, roba, consume de prisa, no quiere escuchar al otro, sino sólo a su propia necesidad y placer. La sexualidad implica a la persona completa, por eso es un gran peligro la lujuria, pues, lo corrompe todo: dejar de amar para buscarse a sí mismo, su propio placer con un uso malsano de la sexualidad; en la relación sexual sólo busca utilizar a la otra persona para el provecho personal, la “cosifica”, la usa como una cosa y no la ama como persona. Por eso también rechaza la procreación.

Una muestra muy clara de lujuria es la pornografía que trata la sexualidad sin una relación amorosa ordenada: genera adicción y destruye la libertad. Y aunque haya placer, genera una triste soledad.
La belleza de las relaciones sexuales está en que hay un amor pleno de donación recíproco. Aunque pueda costar esfuerzo, el premio es grande porque preserva la belleza del amor. Como decía San Juan Pablo II: “La pureza del corazón y del cuerpo debe ser defendida, pues la castidad custodia el amor verdadero”.

LA IRA
Prosiguiendo con las catequesis sobre los vicios y las virtudes, habla sobre la ira, y señala que es el vicio más simple de reconocer desde un punto de vista físico. La persona dominada por la ira difícilmente logra disimular este ímpetu: lo reconoces por los movimientos del cuerpo, por la agresividad, por la respiración agitada, por la mirada torva y ceñuda.
Lo injusto de la ira es que muchas veces no se desata contra el culpable, sino contra el primer desafortunado con el que uno se encuentra. Hay personas que contienen su ira en el lugar de trabajo, pero una vez llegados a su casa se vuelven insoportables para la esposa y los hijos. Y es que la ira es un vicio desenfrenado, que invade los pensamientos, y llega a dominar a la persona.
La ira es un vicio que destruye las relaciones humanas, no acepta la diversidad del otro. La imaginación pinta al otro de modo desagradable: detesta el tono de su voz, sus gestos, sus formas de razonar. Se dificulta su aceptación.
Si no se controla, puede crecer con base en pensamientos tortuosos que la agrandan y llega a hacer perder la lucidez. Tal vez se ha experimentado que el airado siempre dice que el problema está en la otra persona; nunca es capaz de reconocer sus propios defectos y faltas.
LA IRA Y LA SAGRADA ESCRITURA
La Sagrada Escritura nos da dos recetas contra la ira: la primera, que no lleguemos a la noche sin haber buscado la reconciliación, con el fin de cortar de raíz esta espiral demoniaca. San Pablo lo recomendaba: «No permitan que la noche los sorprenda enojados» (Ef 4, 26).
La segunda es llevar a la oración el compromiso de perdonar a los demás como Dios lo hace con nosotros, como rezamos en el Padrenuestro.
El perdón contrarresta la ira, lo mismo que la mansedumbre y la paciencia.
El Papa Francisco sugiere pedirle al Señor la luz para educar nuestras pasiones, para dirigirlas al bien, y no al mal, y no nos dominen, sino que las transformemos en un santo celo por el bien.

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