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A propósito del tema de la semana, que nos ofrece atinadamente Michelle Fletes, bien podemos decir con base en lo que el Antiguo Testamento nos señala: No es suficiente tomar posesión de la tierra. Tenemos que cuidarla. El libro del Deuteronomio ofrece una serie de preceptos sobre el cuidado de la creación… Los árboles frutales no deben ser destruidos, incluso en situación de guerra. Se deben conservar las plantas cultivadas. Las plantaciones son una bendición divina y todos tienen derecho a alimentarse de las cosechas. El pueblo de Israel tenía una conciencia ecológica diferente a la que tenemos hoy. Los profetas muestran que practicar el pecado, desviarse del camino de la vida, tiene terribles consecuencias sociales y también para la tierra, que será devastada. La infidelidad a Dios y la degradación de las relaciones conducirán a la destrucción del país y el medio ambiente. Había un sentimiento de armonía, la percepción de solidaridad entre la tierra y la gente. En el retorno de los exiliados, los árboles y las montañas aplauden con sus manos. El profeta Zacarías llega a decir: Convirtieron esa tierra encantadora en un desierto. ¿Nos estará hablando a nosotros el profeta, hijo de Beraquías, hijo de Idó?
Y, viniendo a nuestros días, en el documento final del Sínodo para la Amazonia se dice: “Proponemos definir el pecado ecológico como una acción de omisión contra Dios, contra el prójimo, la comunidad y el medio ambiente. Es un pecado contra las generaciones futuras y se manifiesta en actos y hábitos de contaminación y destrucción del medio ambiente…
Sin embargo, entendemos que no es fácil recorrer el camino del bien y la justicia,

porque hay grupos de personas en la sociedad, que practican el mal contra los demás, que tienen actitudes negativas y destructivas de personas, comunidades y del ecosistema.

Por otra parte, no olvidemos que el primer regalo de Dios es la creación. Dios crea la humanidad como parte de la Tierra. En las palabras del Papa Francisco, nuestro planeta es como la casa donde vivimos con otras criaturas, una hermana con la que compartimos nuestra existencia, una madre amable que nos recibe en sus brazos. El Obispo de Roma también nos dice: “Existe una relación de reciprocidad responsable entre los seres humanos y la naturaleza. Cada comunidad toma lo que necesita de la Tierra y tiene el deber de protegerla y garantizar la continuidad de su fertilidad para las generaciones futuras…
La gracia ecológica puede despertar en nosotros una actitud de gratitud a Dios, de alabanza, de encanto, de éxtasis ante la belleza de nuestra Casa Común. Seguros de que muchos estamos encantados por ella, queremos cuidarla.
Cada uno podemos medir nuestra huella ecológica y reducirla. Al igual que con otras desviaciones humanas en relación con el sueño de Dios, la conversión ecológica nos exige pedir perdón, cambiar la mentalidad, adoptar actitudes individuales y participar en acciones colectivas e institucionales. “Nunca hemos maltratado y lastimado nuestro hogar común como en los últimos tiempos. Estamos llamados a colaborar con Dios para que nuestro planeta sea lo que Él soñó al crearlo y que corresponda a su proyecto de paz, belleza y plenitud”.

@arquimedios_gdl

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