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LA PALABRA DEL DOMINGO Juan López Vergara

El santo Evangelio que la madre Iglesia dispone hoy en la Eucaristía, revela a Jesús como el verdadero pastor de Israel y de todos los pueblos. Es la imagen cristiana del Mesías, cuyo sentido pleno aparece únicamente a la luz de la Pascua (Jn 10, 11-18).

JESÚS NOS COMUNICA LA VIDA DIVINA
Jesús afirma: “Yo soy el buen pastor” (v. 11a). La metáfora enlaza con una tradición milenaria. Dios es el pastor que en los tiempos mesiánicos suscitaría un pastor elegido por Él (compárese Ez 34, 23). Al declararse el buen pastor, Jesús plantea una reivindicación mesiánica. Es el verdadero pastor porque es bueno y su bondad radica en “dar la vida por sus ovejas” (v. 11b). Es la fórmula soteriológica más importante en san Juan: Jesús dio en la cruz su vida por nosotros. No se refiere solamente a la vida física, sino a la Vida divina que Jesús nos comunica.

UN CONOCIMIENTO TRASCENDENTAL
En contraste con el pastor está el asalariado que no tiene afecto más que a su paga (véanse vv. 12-13). ¡Qué entrañables palabras: “Conozco a mis ovejas y ellas me conocen a mí, así como el Padre me conoce a mí y yo conozco al Padre. Yo doy la vida por mis ovejas” (vv. 14-15)! Jesús conoce a su Padre y acepta con gratitud ser revelación suya en el mundo. Las ovejas conocen al pastor, y el pastor conoce a las ovejas. Este conocimiento remite al conocimiento mutuo que tienen el Padre y el Hijo y no alude a ciertos contenidos, sino a un intercambio de vida, a un conocimiento trascendental.

LA SALVACIÓN OPERADA POR Y EN JESÚS INCLUYE A TODOS
Jesús declara: “Tengo además otras ovejas que no son de este redil y es necesario que las traiga también a ellas; escucharán mi voz y habrá un sólo rebaño y un sólo pastor” (v. 16). La reunificación es muy importante (compárense Jn 11, 52). La identidad cristiana no es cerrada, sino abierta; no es autosuficiente, sino comunicativa.
Jesús revela: “El Padre me ama a mí porque doy mi vida para volverla a tomar. Nadie me la quita; yo la doy porque quiero. Tengo poder para darla y lo tengo también para volverla a tomar. Éste es el mandato que he recibido de mi Padre” (vv. 17-18). Es un acto de generosidad absoluta, de ahí esa serena majestad, esa plena libertad de Jesús ante la muerte (compárese Jn 18, 4-8). Jesús, al dar su vida con divina soberanía, nos enseña que sólo tenemos lo que damos, porque “si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere da mucho fruto” (Jn 12, 24). El amor, que es la vida divina, comunicada por el Padre en la donación del Hijo, se realiza de forma ejemplar en la Iglesia, pero no se restringe a ésta: “Él es víctima de propiciación por nuestros pecados, no sólo por los nuestros, sino también por los del mundo entero” (I Jn 2, 2). La salvación operada por y en Jesús es para todos.
Para actualizar el santo Evangelio del día de hoy, me gusta referirme a una enseñanza de Mons. Ciriaco Benavente Mateos, Obispo de Albacete, quien en un ciclo de conferencias que tuvieron lugar en la Universidad Ponti cia de Salamanca, para conmemorar los cincuenta años de la constitución dogmática Dei Verbum, enseñó que quien proclama la Palabra ha de estar familiarizado con ella. El comprometido pastor lo hizo citando una bellísima parábola que parte de nuestra realidad real y concreta, y que nos invita, muy apreciables lectores, a preguntarnos: ¿conocemos realmente al Buen Pastor, a Jesús, el verdadero pastor de Israel y de todos los pueblos?

Al final de una cena en un castillo inglés, un famoso actor de teatro entretenía a los huéspedes declamando textos de Shakespeare. Un tímido Sacerdote le preguntó si conocía el salmo 23.
“Sí, lo conozco, estoy dispuesto a recitarlo con una condición: que después lo recite usted”. El Sacerdote se sintió incómodo, pero accedió. El actor hizo una bellísima interpretación, con una dicción perfecta: “El Señor es mi pastor, nada me falta…”. Al terminar, aplaudieron vivamente. Luego tuvo que hacerlo el Sacerdote. Esta vez cuando terminó, no hubo aplausos, sólo un profundo silencio y lágrimas en algunos rostros.
El actor se mantuvo en silencio unos instantes, después se levantó y dijo: “Señoras y señores, espero que se hayan dado cuenta lo que ha sucedido esta noche; yo conocía el salmo y lo he recitado, pero este hombre conoce al Pastor”.

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