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Desde el Corazón

LUPITA:
Andamos mal mi esposo y yo. Tenemos 25 años casados. Siento que anda con alguien y eso me molesta mucho, siempre le estoy reclamando. Él estaba cerca de Dios y se ha retirado. Esto me molesta más.

Ana Ma. C.

HERMANA MÍA, ANA MARÍA:
Estás lastimada y decepcionada. Tus sentimientos están ahí y la forma en la que los gestionas te está haciendo reaccionar con reclamos constantes.
Aplica inteligencia emocional a tu relación y verás resultados muy positivos.
Hace muchos años, una revista dirigida a mujeres (Revista Telva, Madrid), entrevistó a quien hoy es san Josemaría Escrivá. Le preguntaron: ¿qué consejos daría usted a la mujer casada para que al pasar los años su vida matrimonial siga siendo feliz?
Él respondió: “la mujer debe tratar de conquistar a su marido cada día; y lo mismo habría que decir del marido con respecto a su mujer. El amor debe ser recuperado en cada nueva jornada, y el amor se gana con sacrificio, con sonrisas y picardía también”.

La palabra sacrificio no tiene buena prensa, no la usamos en nuestros días, pero en su sentido pleno es bellísima: es una palabra que por sus raíces significa “hacer sagrado”. Esto implica que cada vez que tú eliges hacer lo que Dios te pide, estás regalando un momento sagrado, un sacrificio. Eliges gozosamente agradar a Dios aunque tengas que poner a un lado tu propio yo. Cuando haces un sacrificio, estás intentando amar a Dios y a tu prójimo antes que a ti, y el resultado es una bella paradoja: pensando en hacer feliz al otro, obtienes tu propia felicidad.
Así es como funciona

La sonrisa implica un cambio de actitud general. Sonríes porque agradeces, porque bendices y quieres el bien de la persona a quien diriges tu sonrisa. Un dicho popular expresa un extraordinario principio de vida: “no sonrío porque me va bien, sino ¡para que me vaya bien!”.
La picardía es este componente de travesura espontánea que quiere agradar, es un coqueteo indispensable en todo matrimonio funcional; una caricia dulce, otra “subida de tono”, un guiño de ojo a la distancia, un “te quiero”, un “me gustas” envuelto en signos de complicidad.

Cuando estamos resentidos tendemos a eliminar estas conductas pretendiendo que desaparezca lo que sucedió. No lo conseguiremos. Por el contrario, nuestra actitud agudizará la distancia entre los dos. Mejor hablar, perdonar y… ¡Volver a empezar!

Lupita Venegas/Psicóloga
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: lupitavenegasoficial

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"En la Iglesia tenemos urgente necesidad de una comunicación que inflame los corazones, sea bálsamo en las heridas e ilumine el camino de nuestros hermanos y hermanas"

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