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Sergio Padilla Moreno

Aunque litúrgicamente el tiempo pre y post navideño ya terminó hace varias semanas, la tradicional tamaliza del pasado viernes 2 de febrero, a cargo de quienes se sacaron el monito en la rosca de Reyes, pone ahora sí punto final a estos tiempos de celebración y nos mete de lleno a vivir el llamado tiempo ordinario, que es el tiempo litúrgico más largo del año, aunque es cierto que ya la Cuaresma está a la vuelta de la esquina. El tiempo ordinario refleja el hecho de que nuestras vidas transcurren en las cuestiones ordinarias, en los compromisos cotidianos y el devenir mismo de cada día. Es importante revalorar esa cotidianidad como un camino privilegiado de encuentro con Dios, por lo que vale la pena reflexionar respecto al valor de las acciones, compromisos y deberes cotidianos que a cada persona nos toca desempeñar en el día a día.

Qué necesario es descubrir la densidad, maravilla y fuerza de cada uno de los detalles cotidianos que vivimos, incluso los que calificamos como ordinarios y tediosos, pues cada uno de ellos, si observamos con cuidado, pueden ser de gran riqueza para nuestra vida. Por lo menos es lo que resuena después de leer la novela El estupor y la maravilla, del escritor español Pablo d’Ors, donde un simple vigilante de museo reflexiona que “En realidad todo es un misterio; sólo se puede vivir cuando todo es un misterio; cuando no es un misterio resulta insoportable […]. El aburrimiento es el más grave insulto a la vida: si hay Dios, no creo que haya nada de los humanos que le ofenda más. Y de esto es de lo que he querido hablar en este libro: de la perla que se esconde dentro de lo cotidiano, del milagro de lo banal. Si hay que ser sinceros, todo lo cotidiano puede ser excepcional… Disfrutando de lo excepcional, no puedo ocultar que mis días favoritos son aquellos en lo que en apariencia no sucede nada. Sólo en esas jornadas, grises y anodinas soy capaz de rescatar la belleza y la novedad del mundo y de mirarlo como si nadie lo hubiera vista jamás.”

Jesús es modelo de esa capacidad contemplativa de descubrir la grandeza de lo ordinario, y es una virtud que podemos agregar a nuestros propósitos para trabajar en este año, pues como dice el jesuita Benjamín González Buelta: “Esta contemplación va transformando nuestra sensibilidad para acercarnos a la realidad como él se acercaba, con una sensibilidad cada día más parecida a la suya. Hasta nuestros sentidos llega cada vez con más nitidez la presencia activa de Dios en el universo, en cada persona y en toda la historia”.

Una obra musical que nos muestra la maravilla que puede ser lo repetitivo es el famoso Bolero de Maurice Ravel, el cual se caracteriza, precisamente, por su estructura repetitiva, reflejo de nuestro día a día. La melodía principal, a medida que progresa, se va enriqueciendo en su expresión por diferentes instrumentos y secciones de la orquesta.

El autor es académico del ITESO, Universidad Jesuita de Guadalajara –padilla@iteso.mx.
Maurice Ravel – Bolero | Alondra de la Parra | Orquesta Sinfónica WDR
https://www.yout ube.com/watch?-v=cmNEvSFWftc

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