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La invitación que se nos hace en este tiempo de Adviento a que estemos preparados y vigilantes por la llegada del Salvador, se concretiza en un llamado a la conversión.
Esta conversión debe ir acompañada de arrepentimiento de lo que hemos fallado y de un cambio de vida.
¿Cómo se puede dar esto? Primero, haciendo una introspección, es decir, siendo capaces de entrar dentro de nosotros mismos y descubrir, con humildad y con sinceridad, todo aquello que nos aparta del amor de Dios, del amor de los hermanos.

Hay que revisar qué actitudes, qué comportamientos y qué sentimientos llevamos en nuestro interior que no expresan el amor a Dios y a nuestros hermanos; que seamos capaces de llamarlos por su nombre.

Que, por ejemplo, seamos capaces de decir, si es el caso, que tenemos un sentimiento de rencor, incluso de odio para con un hermano. Que seamos, pues, capaces de enumerar todo aquello que nos separa del amor de Dios y de los hermanos.

Y, descubriendo esto, tengamos la humildad de reconocer y de arrepentirnos, con el propósito firme de salir de esa situación. La conversión es esto, precisamente, tener una actitud sincera de reconocimiento de nuestros pecados y una determinación franca de dejar atrás esas faltas.
Pero, desgraciadamente, ante la invitación a la conversión, podemos tener, también, una actitud hipócrita, es decir que podemos “guardar las apariencias”.
Buscamos, supuestamente, la reconciliación, pero sin ser sinceros. Queremos, a veces, arreglar una mala relación, pero solo aparentemente. Lo mismo puede suceder ante un mal comportamiento.
Sabemos que el ‘cambio’ no es honesto, y que, por lo tanto, no agrada a Dios y no produce en nosotros el efecto de la verdadera conversión.

El arrepentimiento no se da en apariencia, porque es una mentira. El arrepentimiento se transforma en obras de vida nueva, en una actitud nueva ante los demás y ante el amor de Dios.

Los hipócritas se pueden refugiar en la bondad de otros, pensando que otros los apoyarán, pero el arrepentimiento es algo diferente, ya que se tiene que manifestar en obras que significan un
cambio personal en la manera de pensar y de actuar, un cambio de criterios de acción y de vida.
El Adviento no es una invitación rutinaria que se mezcla con la fiesta o con el consumo incontrolable de bebida y comida. La verdadera preparación a la venida del Señor es que estemos conscientes, atentos y vigilantes, y ante esta certeza nos arrepintamos de lo que haya de malo en nuestra vida.
Solo así podremos construir la paz interior, la paz en nuestras familias, en nuestra sociedad y en nuestro mundo.
La paz es un don que recibimos y que lo debemos hacer germinar en obras de atención para con los demás.
Solo así podremos vivir en paz, cuando cada uno esté dispuesto a dejar lo que lo separa del amor, lo que le impide amar, y también cuando cada uno esté dispuesto a hacer el bien. Hasta entonces la paz comenzará a notarse, a hacer un ambiente no de apariencias, promesas o mentiras, sino con una
profunda humildad y sinceridad de cambio.
Porque el Señor viene a salvarnos podremos construir la paz, la reconciliación entre nosotros.

Yo les bendigo en el Nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo.

@arquimedios_gdl

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