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FERNANDO MORENO
1RO. DE TEOLOGÍA

Después de salir a compartir en las comunidades de misión durante dos semanas, habiendo participado en muchas actividades de Semana Santa, se viene un momento de descanso que es muy importante para todos los seminaristas.


El descanso es algo querido por Dios, recordando un poco la cita del Génesis, donde menciona que Dios descansó en el séptimo día. Es muy importante el descanso porque es un momento de reflexión, de oración y encuentro con Dios. Tanto que el mismo Jesucristo invitaba a sus Apóstoles a descansar.
“Él les dijo: ‘Venid vosotros solos a un lugar tranquilo a descansar un poco’. Porque eran muchos los que iban y venían, de modo que no tenían tiempo ni para comer. Se fueron en barca a un lugar apartado y solitario” (Mc 6, 31 – 32).

A veces podemos pensar, esto si no se entiende verdaderamente el Sacerdocio como vocación sino como profesión, que cuando llegan los momentos de descanso, es momento de dejar la oración, la santa Misa, los sacramentos, el estudio, etc. Si pensamos de tal manera, o si actuamos así, es porque en el fondo el Sacerdocio lo vivimos como un trabajo. Por ello, es sumamente importante tener la claridad de nuestra identidad de seminaristas para descansar según esa identidad.

Este tiempo de descanso es fundamental para nosotros como seminaristas, porque nuestras vacaciones no son vividas, o por lo menos no podrían ser vividas de una manera completamente mundana. Esta semana de la Octava de Pascua, es una oportunidad para encontrarnos con Aquel que nos ha enviado.

Como dice la cita bíblica, el Señor invita a sus Apóstoles para salir de las búsquedas mundanas y poder redireccionar nuestro centro que es Cristo, en donde muchas veces, por la gran cantidad de actividades pastorales, vamos perdiendo el fondo del verdadero encuentro con Cristo, y ese es el verdadero centro de nuestro descanso.

Además de encontrarnos con Cristo, es una oportunidad de compartir nuestra vida con aquellas personas que son cercanas a nosotros, especialmente nuestra familia. La familia, aquel lugar donde muy probablemente descubrimos la vocación, donde se nos ha formado de una u otra forma, es aquel lugar donde encontramos esos momentos de tranquilidad y serenidad que van refrescando los momentos más arduos de nuestra respuesta vocacional. Y no solamente nosotros encontramos ese descanso, sino que, por otro lado, aquellas personas que buscan también descansar en Dios y que vienen a nosotros buscando esa serenidad, es una oportunidad para nosotros como seminaristas compartir nuestra experiencia de amistad con Dios.

Reafirmando los dos puntos anteriores, nuestras vacaciones son muy especiales para nosotros, no por lo lugares a los que pudiéramos ir, como la playa, algún pueblo, algún país, sino por el descanso que nos da Cristo. No descansamos de Cristo, sino que descansamos con Cristo, estando con Él. Estos momentos, sin duda, son de gran prueba para nosotros, porque nos enfrentamos a la tentación de la supuesta libertad al no tener presente la estructura del Seminario, pero es precisamente donde vamos observando con cuanta convicción vamos realizando nuestra respuesta vocacional.

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