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ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Gracias a los buenos oficios de don Jesús González Gallo y del entonces arzobispo tapatío José Garibi Rivera, ante el presidente de la república, Manuel Ávila Camacho, pudo iniciarse la construcción de un nuevo monumento a Cristo Rey en el cerro del Cubilete.
Recordemos que el anterior había sido bombardeado por la fuerza aérea durante los años de la persecución. La primera piedra de esta nueva obra se colocó en 1944 y la construcción concluyó en 1950, es decir, tardó apenas seis años en levantarse, gracias al generoso esfuerzo de todos los católicos.
Desde entonces este santuario es la meta de innumerables peregrinaciones, peregrinos individuales y turistas. La ubicación se debió a que por esos años se pensaba que el centro del territorio mexicano estaba justamente ahí, en el bajío, y que por lo mismo tenía un alto simbolismo que en el centro geográfico del país, Cristo tuviese tan emblemático monumento.
Eran los tiempos de un catolicismo muy vivo y fervoroso, resurgido de la persecución con renovados bríos, alentado por el ejemplo de tantos mártires y testigos de la fe, en su aspecto extremo, y de la resistencia pacífica de tantos miles más, en su aspecto cotidiano.
Setenta y tres años después el monumento permanece, pero no así la comunidad boyante que le dio vida.
En efecto, Cristo ya no reina en el México actual, en parte porque jamás la intención del Señor fue la de “reinar” en este mundo, pero, sobre todo, porque son muchos los mexicanos para los cuales Jesús ya no es el referente de sus vidas, independientemente de que se sigan diciendo cristianos.

Desde el momento en que la práctica de la misa dominical experimenta oscilaciones tan severas, advertimos que ese cristianismo de masas resulta engañoso. En las diócesis de la frontera norte dicha participación va del 5 al 10 por ciento de la población católica, cifra que puede alcanzar hasta el 40 por ciento en las diócesis del eje volcánico transversal y del bajío.
Pero, además, debe llamar la atención la edad de los participantes.

Las condiciones del tiempo y las tendencias culturales provocan el que muchos católicos se desgasten y disuelvan en un cúmulo de nuevas o viejas devociones que no los compromete con la fe cristiana y que solamente sirven como evasiones y baños de conciencia para poder seguir con un estilo de vida ajeno por completo a las enseñanzas del Evangelio.
Hacer contacto con esta realidad debería llevarnos, como al apóstol Pablo, a predicar a Cristo a tiempo y a destiempo, en toda ocasión y circunstancia, dejando en segunda instancia cualquier otro asunto, pues de otra manera estaríamos construyendo una iglesia sobre arena, no sobre la roca fundamental que es Jesús.
La cercana celebración del segundo milenio de la redención, en 2033, es tanto una oportunidad como un reto, pues para celebrarla primero se debe experimentar, de lo contrario, por muy solemne que fuese dicho festejo, no sería sino oropel y polvo.

armando.gon@univa.mx

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