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Luis Sánchez

Hikvision, con sede en Hangzhou, China es la empresa líder a nivel mundial en productos y sistemas de videovigilancia. Tiene presencia en más de 150 países, cuenta con más de 26,000 empleados y domina en gran medida el mercado de seguridad electrónica. Entre uno de sus principales clientes se encuentra el gobierno Israelí, a cargo de Benjamín Netanyahu, quien ya ha llenado de cámaras no sólo su territorio, sino las zonas palestinas.
Al más puro estilo de series de televisión como “Black Mirror”, que se encargan de presentar un futuro distópico a partir de las desviaciones que el desarrollo tecnológico pueden provocar en la humanidad, estos softwares y sistemas de videovigilancia, con capacidad de reconocimiento facial, buscan predecir patrones y advertir a las autoridades sobre conductas que impliquen posibles riesgos a la seguridad nacional.
La polémica y debate no son para menos. Aplicándolo a la realidad actual, ya se documentaba por parte de Amnistía Internacional hace algunos años la colocación de cientos de cámaras en barrios palestinos por parte del gobierno Israelí, aplicando lo equivalente a una represión en el ámbito digital. En el contexto de la guerra, los sistemas de reconocimiento facial permiten a las autoridades del gobierno de Netanyahu obtener un control y a su vez, limitar aún más las libertades y derechos de los palestinos, inclusive en su propio territorio.
Es urgente cuestionarnos desde el propio ejemplo

previamente mencionado, cuál es la necesidad de mantener bajo una observación constante a los pobladores de zonas como Cisjordania o la Franja de Gaza, en lo que podríamos llamar como un Panóptico de Bentham 2.0 donde se le otorga mayor poder al que ve a quienes son vistos, y genera temor e incertidumbre a los observados, aún cuando pudiesen realizar actividades cotidianas.
No es un tema que se debe tomar a la ligera, pues si estrictamente partimos de los derechos humanos, la vigilancia de las comunicaciones interfiere con el derecho a la intimidad, entre otros, aún cuando se establezca una serie de justificaciones que permitan la aplicación de este tipo de sistemas. Esto se agrava cuando el fin de la misma se encamina a ser una herramienta dentro de un abuso sistemático por parte de sectores favorecidos, en contra de una población en específico.
Reitero lo que en semanas pasadas he dicho, querido lector. Que algo no nos afecte de manera directa no debe ser un motivo para no entender que sigue estando presente, que sigue sucediendo, y que, por tanto, no debemos quedarnos de brazos cruzados. Nos leemos la siguiente semana, y recuerda luchar, luchar siempre, pero siempre luchar desde espacios más informados que construyen realidades menos desiguales y pacíficas.

@arquimedios_gdl

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