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PBRO. ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

La renovación conciliar dio origen a una revisión de la Cuaresma tanto en su aspecto litúrgico como en su dinámica espiritual y pedagógica.
El punto de partida fue, ante todo, la preocupación por revalorar la Pascua.
En efecto, en los tiempos anteriores la carga mayor descansaba en la vivencia cuaresmal, que iba creciendo en intensidad hasta desembocar en una Semana Santa marcada por el dolor y el luto, con una amplia serie de tradiciones culturales y prácticas religiosas de las que carecía y sigue careciendo el tiempo pascual.
El interés real, pero idealista por una conversión permanente desacreditó las privaciones cuaresmales, porque decían, no sirven de nada, pues pasada la Cuaresma todo mundo vuelve a lo mismo, ahora ya no hay ni promesas de Cuaresma, ni de Pascua ni de nada.
Los días santos perdieron su rigor, pero la Pascua no ha logrado fortalecerse. Tampoco es que exista un equipo de pastoralistas analizando el asunto y proponiendo nuevos caminos, nuevas formas de vivir Cuaresma y Pascua que vayan más allá de lo conocido.
La Iglesia católica ha sido una excelente pedagoga, ha mostrado creatividad e ingenio, ha sabido integrar lo litúrgico con lo devocional, ha sabido impregnar el tiempo secular con la impronta de su fe, pero algo ocurre en el presente que a falta de creatividad nos lleva a la repetición, al afán de desenterrar costumbres de otras épocas, que reproducidas en el presente acaban siendo teatrales justo porque son muy poco vividas.

Pasa en este punto el mismo drama del siglo XIX, en ese periodo los artistas dejaron de interesarse por los temas religiosos en la pintura, la escultura y la arquitectura principalmente, por lo mismo no hubo un arte sacro de esa época como sí lo había habido en todos los periodos anteriores, ya desde el siglo III, en los que se refiere a la pintura y la escultura, incapaces de producir un nuevo arte, resucitaron estilos del pasado y así nació el arte neoclásico, neogótico, neobarroco, neobizantino; la palabra neo aquí significa “otra vez lo de ayer”, y no es que no se construyeran iglesias “bonitas”, es que no las podían crear para el tiempo nuevo en el que vivían, sea porque no lograron entender su tiempo o porque no tuvieron la audacia para crear el lenguaje exigido para su época.
No obstante, tenemos que reconocer que la pérdida del sentido religioso del tiempo de parte de la sociedad no es por mala fe, sino por falta de experiencia de salvación, ¿cómo vivir la Cuaresma y la Pascua si no se ha vivido antes un proceso de conversión cristiana? ¿Por qué dolerse de la cruel muerte de un desconocido que la padeció hace dos mil años? ¿O cómo alegrarse de la Resurrección, si ésta no se ve por ningún lado? Cuando san Francisco le pidió a un árbol seco que le hablara de Cristo, éste floreció, la comunidad católica comprometida deberá poder florecer también para que entonces el mundo entienda lo que celebramos.

armando.gon@univa.mx

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