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Hermanas y hermanos en el Señor:

Con las apariciones a sus Apóstoles, luego de su Resurrección, Jesús dio prueba de que, efectivamente, estaba vivo. Así lo contemplamos y celebramos en la Pascua, resucitado, y lo recordamos subiendo al Cielo, con la promesa de que nos enviaría al Espíritu Santo.
En la Ascensión lo admiramos regresando a las Alturas, de donde bajó para hacerse hombre como nosotros, morir, resucitar y alcanzarnos la salvación.
Salió del seno del Padre porque es verdadero Dios, pero quiso hacerse hombre como nosotros. Ahora regresa victorioso a participar eternamente de la gloria que tenía antes de venir al mundo.
La Ascensión, como preparación a Pentecostés, nos invita a vivir nuestra vida en una constante ascensión, es decir, que estando en esta vida, no nos podemos conformar con las cosas del mundo, sino que tenemos que vivir aspirando a ser más: mejores hijos de Dios, mejores hermanos entre nosotros, más virtuosos, más santos, porque nuestra vocación es ascender.

Cuando escuchamos la palabra “ascender” se nos viene a la mente la palabra “superarse”. El que asciende se supera, es más y mejor cada vez.

La Ascensión de Jesús y Pentecostés nos invitan a no conformarnos con las situaciones de maldad en este mundo, sino que estemos constantemente superándonos, en ascensión.
Por otra parte, recordemos que nuestra meta está en Dios, en participar un día de la plenitud de su vida. Esto hace crecer nuestra esperanza. Mientras vamos peregrinos en este mundo sí, tenemos momentos de gozo, pero también tenemos momentos de prueba, de sufrimiento, de dolor, pero estos misterios de la Ascensión y Pentecostés nos fortalecen en la esperanza.

Así como para Jesucristo la última palabra no la tuvo la cruz, sino la Resurrección, así también para nosotros, la última palabra no la tienen nuestros sufrimientos, sino el triunfo sobre el mal.
Pero tenemos que mirar también aquí, en el mundo, las situaciones que vivimos y que pasan los demás, lo que podemos hacer por mejorar sus problemas.
Jesús, que subió al Cielo y nos envió su Espíritu, es la luz que nos guía, y mientras llega el momento de estar con Él, tenemos que aplicarnos para mejorar las cosas de esta Tierra, que haya más justicia, más paz, más fraternidad; que haya mejores oportunidades para todos, que nadie sufra necesidad, que todos seamos solidarios y atentos con los demás, que construyamos un mundo en la verdad, no en la mentira; que construyamos un mundo en armonía y paz, que sea la casa más amable y habitable para todos.

Los discípulos de Jesús debemos mirar al Maestro que sube al Cielo y nos envía su Espíritu, pero aplicándonos en las cosas del mundo para mejorarlas.

Y, por último, Jesús sube al Cielo porque de allá vino, es su lugar, a la derecha del Padre, pero no nos abandona, porque ya probó la necesidad que tiene nuestra humanidad y no la puede dejar sola. Nos sigue amando. Cristo está en el Padre, pero también habita y camina con nosotros.
Para lograr esto se espiritualizó, se hizo espíritu después de la Resurrección, su cuerpo se hizo glorioso, pero su espíritu permanece con nosotros, y nos ha enviado, en Pentecostés, al Espíritu Santo.

Yo les bendigo en el Nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo.

@arquimedios_gdl

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