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PBRO. JOSÉ ANTONIO LARIOS SAUÁREZ
SECCIÓN DIOCESANA DE EDUCACIÓN Y CULTURA

El afán centralista de Porfirio Díaz, que encontró apoyo en muchos Obispos de México, en nuestra Diócesis, empezó a experimentarse a partir de 1869 y durante casi tres décadas en la persona del Obispo mexiquense Pedro Loza y Pardavé.
Sabemos que toda advocación de la Virgen es totalmente válida para dar culto a la Madre de Dios y un verdadero caudal de espiritualidad cristiana, no se trata de polarizar, ni contraponer devociones, pero si se trata de darnos cuenta que en las regiones existen ciertas imágenes que encierran no solo la devoción a María sino la historia, la identidad de un pueblo, la historia de salvación regional de Dios a través de una devoción, allí es donde en algunos momentos nos da lo mismo una advocación que otra.
A través de una advocación regional se pueden seguir construyendo los compromisos sociales, políticos y religiosos de un pueblo, gracias al arraigo, la identidad y todo lo que una imagen encierra y representa para una comunidad.
En nuestro caso, la Virgen de Zapopan, desde 1530, llegó a nuestras tierras, evangelizando, pacificando, construyendo la integración racial, protegiendo una comunidad ante las amenazas de los peligros de la naturaleza, siendo símbolo y garantía de la independencia regional, puesta por las autoridades civiles como Protectora del Estado.

Todo esto sucedió por más de trescientos años, una continuidad devocional, histórica, cultural, y de repente, se empezó a escribir una historia oficial, donde se nos hacía depender en nuestra evangelización, desarrollo y evolución cultural del acontecimiento guadalupano, rompiendo toda lógica y continuidad.
Habría que pensar tan sólo que para ese 1869 se necesitaban más de 15 días para llegar a la ciudad de México, ¿cómo desde 1530 pudo existir una conexión histórica de los acontecimientos centrales del país con las necesidades de nuestra región?

Es impensable que nuestra evangelización, pacificación, mestizaje y protección fuera fruto de acontecimientos acaecidos a más de 500 kilómetros de distancia, donde las comunicaciones ni físicas ni virtuales existían.
Esta lógica no fue suficiente para quien estaba convencido de la colaboración con el centralismo del país, en nuestro caso, si expusiéramos las acciones de Pedro Loza en dos columnas, a la izquierda todas las iniciativas y ordenanzas en favor del culto guadalupano y a la derecha las que favorecerían al cuto original de la Virgen de Zapopan, la columna de la derecha aparecería vacía.
Las únicas decisiones que tomó este Obispo en torno a la Virgen de Zapopan y no a favor, sino en contra fueron:

1.- Determinar que las visitas de la Virgen de Zapopan no tuvieran carácter festivo sino penitencial, prohibir la Romería en 1895, disposición a la cual el pueblo tuvo a bien desacatar por completo, aunque esto les costara que en más de una ocasión el prelado impidiera que la Imagen de la Virgen no estuviera presente en la Romería.
2.- También impidió por décadas, la coronación pontificia de la Virgen, que por años se intentaba gestionar de parte de tantos devotos.
3.-
En cuanto a la devoción guadalupana, a través de decretos, estableció que todas las Parroquias debían peregrinar a su Santuario al igual que el presbiterio, transformó tazando aranceles a las Parroquias, la capilla original que desde 1782 se tenía en Guadalajara a la Virgen de Guadalupe haciendo un santuario atrayente, trasladando incluso el antiguo reloj de la catedral a este lugar se organizaron peregrinaciones presenciales y espirituales al Tepeyac, se debía cantar la Salve todos los días 12 en todas las Parroquias, se promovió con todos los recursos la entronización de la Virgen de Guadalupe en todos los hogares y demás lugares, decretó que en todos los templos de su Diócesis hubiera un altar dedicado a la Guadalupana sustituyendo otras imágenes, empotrando cuadros sobre los nichos, edificación de santuarios guadalupanos en las poblaciones rurales o por lo menos capillas o ermitas.

Toda esta serie de iniciativas edilicias, litúrgicas y devocionales, fueron sostenidas en la formación catequética de la comunidad que debía aprender un catecismo guadalupano.
El guadalupanismo de Loza, y su contacto inmediato y constante con las altas clases sociales de Guadalajara, produjo el fenómeno de que, poco a poco, la devoción a la Virgen de Zapopan se fuese viendo, por parte de la jerarquía y de algunas clases influyentes como una cosa del “pueblo”, donde la palabra “pueblo” tenía un sentido despectivo.
Toda esta inercia impregnó el clero del siglo XX, la formación sacerdotal y la misma visión del episcopado mexicano, a la fecha podemos percibir esta influencia, al grado que en la actualidad se promueve con ahínco la celebración por los 500 años de las apariciones guadalupanas, iniciativa que está muy bien para potenciar la unidad del país, siempre y cuando antes se potenciaran las celebraciones regionales por la evangelización de tantos sectores de país que tienes su historia y proceso propios, fomentando a nivel de la fe lo que criticamos en otros ámbitos de la sociedad: la globalización que despersonaliza, uniforma (no une) e ideologiza procesos. Es impresionante el silencio que se cierne en el país en cuanto a la celebración y recuerdo de las regiones de su propia historia evangelizadora.

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