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Hoy el pueblo de Dios lleva dentro de sí ataduras opresoras que debe decidirse a abandonar. Nos damos cuenta de ello cuando nos falta esperanza y vagamos por la vida como un páramo desolado, sin una tierra prometida hacia la cual encaminarnos juntos. Así lo ha señalado el Papa Francisco en su Mensaje para la Cuaresma de este 2024. Nos recuerda que la Cuaresma es el tiempo de gracia en el que el desierto vuelve a ser el lugar del primer amor, porque Dios educa a su pueblo para que abandone sus esclavitudes y experimente el paso de la muerte a la vida.
Es Dios quien ve, quien se conmueve y quien libera en el relato del Éxodo.
No es el pueblo quien lo pide. El Faraón destruye los sueños, roba el Cielo, hace que parezca inmodificable un mundo en el que se pisotea la dignidad y se niegan los vínculos auténticos. El gobernante de Egipto, como muchos gobernantes de ahora, quiere súbditos.
Hombres que no piensen, que no se preparen, que no se esfuercen. Hombres que obedezcan ciegamente y para ello, basta con darles de comer y ofrecerles circo. Hablarles con el afán de que crean lo que él y ellos digan. Que no cuestionen y si lo hacen, son traidores hasta a la misma patria.
El desierto es el espacio en el que nuestra libertad puede madurar en una decisión personal de no volver a caer en la esclavitud. En Cuaresma vamos a encontrar nuevos criterios de juicio y una comunidad con la cual podemos emprender un camino que tal vez nunca hemos recorrido. Pero, antes de actuar, debemos detenernos. Y hacerlo en oración es lo primero que pide el Papa, para acoger la Palabra de Dios, y detenerse, como el samaritano, ante el hermano herido. No tener otros dioses es detenerse ante la presencia de Dios, en

la carne del prójimo. Oración, limosna y ayuno no son tres ejercicios independientes, sino un único movimiento de apertura al hermano que está aislado y dormido, pero que se despertará y unirá para marchar a la tierra prometida, saliendo de la esclavitud.

Decisiones comunitarias es lo que pide el Papa Francisco. Pequeñas y grandes decisiones a contracorriente, pero capaces de cambiar la cotidianeidad de las personas y la vida de un barrio. Que se vea la alegría en los rostros, que se sienta la fragancia de la libertad, que se libere el amor que hace nuevas todas las cosas, empezando por las más pequeñas y cercanas. Eso puede suceder en cada comunidad de creyentes. En la medida en que la Cuaresma sea de conversión, entonces la humanidad extraviada sentirá un estremecimiento de creatividad; el destello de una nueva esperanza. Eso sí, reflexionando sobre los estilos de vida.
Y en cada casa, en cada hogar hay estilos muy diferentes de ser, de pensar.
Pero es ahí precisamente en casa donde debe aparecer la valentía de la conversión, de salir de la esclavitud.
La fe y la caridad llevan de la mano a esta pequeña esperanza. Le enseñan a caminar y, al mismo tiempo, es ella la que las arrastra hacia adelante. Que crezca y se fortalezca esa virtud en cada ser humano, que brille intensamente en cada cristiano. Mucha falta hace…, no como la esperanza que pregonan algunos hombres de nuestro tiempo quienes más que aumentarla en la sociedad la debilitan con sus mismas mentiras y corrupciones, por más que digan que no.

@arquimedios_gdl

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