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La « tercera edad » abarca una parte considerable de la población mundial: se trata de personas que salen de los circuitos productivos, disponiendo aún de grandes recursos y de la capacidad de participar en el bien común. A este grupo abundante de “ancianos jóvenes”, como definen los demógrafos según la nuevas categorías de la vejez a las personas de los 65 a los 75 años de edad, se agrega el de los “los ancianos más ancianos”, que superan los 75 años, la cuarta edad, cuyas filas están destinadas a aumentar siempre más.
Los datos demográficos nos plantean problemas de orden social, económico, cultural, psicológico y espiritual cuyo alcance es objeto de una esmerada atención. Hace ya varios años que la ONU se pronunció sobre una atención especial para los ancianos. Y bajo el lema “Una sociedad para todas las edades” conminó al mundo entero a pensar que, lejos de hacer una caricatura de los ancianos presentándolos enfermos y jubilados, sean considerados más bien agentes y beneficiarios del desarrollo.
La Santa Sede, por su parte, hizo y sigue haciendo escuchar la voz de la Iglesia, tanto en el campo de la reflexión como en el de la acción.

Insiste en el respeto a la dignidad y a los derechos fundamentales de la persona anciana y la convicción de que los ancianos tienen aún mucho que dar a la vida social. Es cierto que la preocupación y el compromiso de la Iglesia en favor de los ancianos no son cosa nueva.

Ellos han sido destinatarios de su misión y de su atención pastoral en el transcurso

de los siglos y en las circunstancias más variadas… Y el magisterio de la Iglesia, lejos de considerar la cuestión como un mero problema de asistencia y de beneficencia, ha insistido siempre en la importancia de valorizar a las personas de todas las edades, para que la riqueza humana y espiritual, así como la experiencia y la sabiduría acumuladas durante vidas enteras, no se dispersen. Confirmando lo anterior, recordamos unas palabras que el Papa Juan Pablo II pronunció en 1984, dirigiéndose a miles de ancianos reunidos en Roma: “No se dejen sorprender por la tentación de la soledad interior… no están ni deben sentirse al margen de la vida de la Iglesia, o elementos pasivos en un mundo en excesivo movimiento, sino sujetos activos de un período humana y espiritualmente fecundo de la existencia humana. Tienen todavía una misión por cumplir, una contribución para dar”.
Quienes han llegado a la tercera o cuarta edad podrían preguntarse ¿somos capaces de vivirla como don y como tarea, de manera verdaderamente cristiana? Porque ahí radica el secreto del éxito en algunas acciones emprendidas, el gozo de la juventud espiritual, que se puede cultivar a pesar de los años.
Cuidemos que las generaciones más jóvenes no pierdan el sentido de la historia vivida y contada por los abuelos y, con éste, la propia identidad. No permitamos que la sociedad minimice el papel de los ancianos que los aisle y ponga obstáculos al diálogo entre las generaciones. Las sociedades humanas serán mejores si saben aprovechar los carismas de la vejez.

@arquimedios_gdl

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