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+Mons. Ramón Salazar E.
Obispo Auxiliar de Guadalajara

El pasado 18 de diciembre, el Dicasterio para la Doctrina de la Fe, con aprobación del Santo Padre, publicó la declaración Fiducia Supplicans, sobre el sentido pastoral de las bendiciones. Los sacramentos, instituidos por Cristo, transmiten la gracia de Dios, según sea su propio objeto. Así, se tienen los sacramentos de la iniciación cristiana, los de curación y los que habilitan para un servicio en la Iglesia y en la sociedad. Diferentes son los sacramentales que, instituidos por la Iglesia, disponen para recibir la gracia y ayudan en la vida cristiana.
PEDIMOS LA BENDICIÓN.
Entre los sacramentales, “las bendiciones… llevan a captar la presencia de Dios en todos los acontecimientos de la vida y recuerdan que, incluso cuando utiliza las cosas creadas, el ser humano está invitado a buscar a Dios, a amarle y servirle fielmente. Por este motivo, las bendiciones tienen por destinatarios a las personas, los objetos de culto y de devoción, las imágenes sagradas, los lugares de vida, de trabajo y de sufrimiento, los frutos de la tierra y del trabajo humano, todas las realidades creadas que remiten al Creador y que, con su belleza, lo alaban y bendicen” (n. 8).

Con la bendición, Dios habla al interior de las personas, llama suave y providencialmente a abrirse a su auxilio, haciéndole sentir la voz del Espíritu y su gracia.
La Sagrada Escritura refiere las bendiciones como parte de la relación del Creador a la humanidad (descendentes), de las personas hacia Dios (ascendentes) y entre las personas mismas (extensivas), de las que se encuentran innumerables prácticas familiares, principalmente de padres a hijos. Ejemplos: Dios pidió a Moisés que se bendijera a su pueblo:
“El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor. El Señor te muestre su rostro y te conceda la paz” (Nm. 6, 24-26).
Jesucristo bendijo al Padre: “Te alabo, Padre, Señor del Cielo y de la Tierra, porque ocultaste estas cosas a sabios y entendidos, y las has revelado a los sencillos. Gracias, Padre, porque así te ha parecido bien” (Mt. 11, 25s).
NO SE PUEDE BENDECIR AL PECADO
Si las bendiciones disponen a la conversión, a la práctica de las buenas obras, al cumplimiento de la voluntad de Dios, queda de manifiesto que la bendición es incompatible con el pecado. Si Dios ofrece su bendición es precisamente para que la persona pueda alejarse de aquello que va contra su bien temporal y eterno.
Y, por lo mismo, la creatura humana, necesitada siempre de la ayuda de Dios, al abrirse a la bendición divina, busca, aún con la voluntad debilitada y nunca sin ella, seguir el camino de la naturaleza creada por Dios y la guía del Espíritu prometido por Cristo a la Iglesia.
Fuera de esta consideración sobre la no bendición del pecado, cabría mencionar una tal universalidad de la bendición de Dios.
“Tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que se no ha de manifestar. Porque el anhelo ardiente de la creación es el aguardar la manifestación de los hijos de Dios. Pues la creación sujetada a vanidad… también será liberada de la esclavitud de la corrupción, a la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Sabemos que toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora; y no solo ella, sino también nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, gemimos, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo” (Rm. 8, 18-23).
LA BENDICIÓN A TODA PERSONA
Con la esperanza de la redención, la Iglesia eleva su oración pidiendo por la conversión y salvación de todo el género humano. El envío de Nuestro Señor a los Apóstoles es universal: “Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio a toda criatura. El que crea y sea bautizado se salvará” (Mc. 16, 15s).
En este horizonte de la intencionalidad de las bendiciones, cabe siempre la posibilidad de bendecir a toda persona, independientemente de su situación moral, incluso su particular situación moral sería una apremiante llamada a dejar que el auxilio de Dios se multiplique en tales circunstancias. Toda persona y toda comunidad necesita ser bendecida. En el caso de la bendición a parejas en situaciones irregulares así como parejas del mismo sexo podrán ser bendecidas, teniendo el cuidado de no considerar que la Iglesia, fiel a la Revelación, está aceptando, validando o promoviendo tales formas de vida, incluso reconociéndolas como un vínculo equiparable al matrimonio (cf. n. 31).
“Estas formas de bendición expresan una súplica a Dios para que conceda aquellas ayudas que provienen de los impulsos de su Espíritu –que la teología clásica llama gracias actuales– para que las relaciones humanas puedan madurar y crecer en la fidelidad al mensaje del Evangelio, liberarse de sus imperfecciones y fragilidades y expresarse en la dimensión siempre más grande del amor divino” (n. 31).

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