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“Dios habita la ciudad.” Desde este misterio, todo lo humano tiene capacidad de transparentar lo divino. No hay que buscar la presencia divina fuera, sino dentro. Tenemos que buscar los signos que nos hablan de su presencia y los dinamismos de los que Dios se vale para hacerse presente. . ¿Podemos ser cristianos en estas grandes ciudades con esa gran cantidad de pobres que reclama dignidad, justicia social y equidad en todos los sentidos?
La ciudad es ante todo espacio público, mezcla de poblaciones y actividades, con un sentimiento de posesión compartida de la ciudad en sus calles y plazas. La ciudad solamente con edificios, sean para vivir o para trabajar y con medios de transportes e infraestructuras, no es ciudad, es en el mejor de los casos es una zona urbanizada.
La ciudad late a partir de su corazón, el centro, o sus centros en las grandes urbes. Es allí donde se concentran los flujos de las personas y de las ideas, las memorias colectivas y los puntos que transmiten sentido a la vivencia urbana.
Hoy descubrimos en las ciudades una búsqueda de lo sagrado. Se exploran nuevas maneras de encuentro con el Trascendente, de manera holística o integral. Las ciudades se han convertido en lugares propios que gestan e imponen un nuevo lenguaje y una nueva simbología.
En sus inicios, la Iglesia se formó en las grandes ciudades y se sirvió de ellas para extenderse. Hoy el desafío es mayor porque las nuevas metrópolis presentan dimensiones enormes y requieren gran audacia para desarrollar nuevas experiencias de evangelización.

La ciudad genera también “no ciudadanos” y coexisten entre quienes

consiguen todo para salir adelante y los muchos que resultan siendo “sobrantes” y “excluidos” de la configuración urbana.

Nuestra ciudad nos muestra las realidades del tráfico de droga, la explotación de menores, el abandono de ancianos, la corrupción y el crimen cotidiano en todas sus manifestaciones.

En este contexto, la presencia evangelizadora de la Iglesia en la ciudad adopta la modalidad de diálogo, como categoría teológica, espiritual y pastoral. La actitud dialogal se vive al interior de la comunidad eclesial porque solo en la medida en que sea una realidad en su interior podrá ser creíble en las demás instancias sociales.

En la ciudad, el destinatario de la evangelización, es un verdadero “interlocutor” que tiene voz y al que debemos ofrecer un mensaje que respete sus búsquedas, acompañe sus sueños y expectativas; más aún, que nos ponga en camino para encontrar juntos al Dios que se anuncia.

Esto, en otros términos, es afirmar que el evangelizador por excelencia es el Espíritu, del que todos somos destinatarios y, por tanto, todos evangelizados.

En el contexto de la Gran misión de la Misericordia que vivimos en nuestra Diócesis de Guadalajara, la ciudad es un campo en el que hay que estrenar “nuevos” caminos evangelizadores. En este sentido, es fundamental que no se repitan esquemas tradicionales, que, si bien pueden haber dado buenos frutos, hoy no dicen lo que entonces decían. De allí la necesaria libertad profética, para hablar en nombre de Dios, y decir su Palabra necesaria para la hora actual.

@arquimedios_gdl

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