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Pedro Esqueda Ramírez

SEM. HERIBERTO ARREOLA
PRIMERO DE FIOLOSOFÍA

Nació en San Juan de los Lagos, Jal. (Diócesis de San Juan de los Lagos), el 29 de abril de 1887. El ministerio al que se dedicó con verdadera pasión fue la catequesis de los niños. Fundó varios centros de estudio y una escuela para la formación de catequistas. Siempre fue muy devoto del Santísimo y del Corazón de Jesús. Su mamá lo motivaba a abrazar el martirio, a no tener miedo. El 22 de noviembre de 1927 fue sacado de su prisión para ser ejecutado; los niños le rodearon y el Padre Esqueda insistentemente le repitió a un pequeño que caminaba junto a él:

«No dejes de estudiar el catecismo, ni dejes la doctrina cristiana para nada». Al llegar a las afueras del poblado de Teocaltitán, Jal., le dispararon tres balas que cambiaron su vida terrena por la eterna.

Fue un hombre sencillo que buscaba santificarse en lo cotidiano. Cada momento de su jornada la ofrecía a Dios. Durante la época de la persecución le decían que se escondiera, pero él decía la frase: «Dios me trajo y Dios sabrá».

«Los mártires nos invitan a poner a Cristo por encima de todo y a ver todo lo demás en relación con Él y con su Reino eterno. Nos hacen preguntarnos si hay algo por lo que estaríamos dispuestos a morir», homilía del Papa Francisco en ceremonia de la beatificación de 124 mártires de Corea del Sur, 15 de agosto 2014, Seúl.
A lo largo de la historia, la Iglesia ha tenido grandes testigos del amor de Dios a través del martirio. Son innumerables los hombres y mujeres que han dado su vida por la Verdad.
San Oscar Romero, mártir salvadoreño, dijo: «La persecución es algo necesario en la Iglesia, ¿saben por qué? Porque la verdad siempre es perseguida». Esto no está lejos de nuestra realidad. Hoy en día miles de personas mueren en países de Medio Oriente a causa de la persecución religiosa. Pero, ¿qué es lo que mueve para aceptar el martirio? Una mujer iraquí responde:
«Hace dos mil años Jesucristo murió por mí y por mis pecados. Si ahora tengo que morir yo por Él, pues bendito sea». Éste es un ejemplo de amor que sobrepasa cualquier razón humana.

A ejemplo del Padre Esqueda, y animados por el Espíritu Santo, quiero invitarte a aceptar cada día esos pequeños sacrificios con lo que nos encontramos, a pedir la fortaleza de Dios para que nos asista en esos momentos de prueba. La Iglesia se enorgullece también de estos «pequeños» mártires que dan testimonio personal de su fe en medio de las burlas y mofas. Podemos morir por Cristo cada día, cuando aceptamos nuestras debilidades, cuando realizamos alguna acción que no nos gusta mucho y se la ofrecemos a Dios. En cada instante de nuestra vida podemos morir por Cristo, negándonos a nosotros mismos y caminando a un lado de Él.

Que no busquemos popularidad ni puestos de poder, que en nuestra vida solo deseemos un lugar a los pies de Jesús. Que nuestra vida, nuestro carácter y nuestras acciones sean coherentes y que muestren que seguimos a Cristo.

«Si muero por Cristo,
gano toda la eternidad».

@arquimedios_gdl

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