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La Palabra de Dios es como una semilla que Él siembra en nuestros corazones, y que posee una fuerza vital. Sin embargo, el tema importante es la actitud que tenemos, de aceptación o no, de esta Palabra.
Estamos acostumbrados a escuchar nuestras palabras, que son importantes, por una parte, y maravillosas, pero también muchas veces son negativas, dañinas y destructivas.
Por la palabra podemos entrar en comunicación con los demás, expresar nuestros sentimientos, crear relaciones constructivas, y a través de ellas, dar y recibir consuelo, consejo y alegría.
Pero también le podemos dar una carga negativa, como cuando la usamos para destruir la fama del otro, para desacreditarlo, para mentir, para ofender, para decir cosas que no corresponden a la realidad social o nacional, como cuando una autoridad habla y confunde con su discurso, y habla de cosas que no corresponde con lo real.

La Palabra de Dios solo tiene un valor positivo, es una fuerza vital: Por eso la compara con una semilla.

La Palabra de Dios puede parecernos insignificante, como una semilla cualquiera, pero igual que otra semilla, cuando se siembra en tierra fértil, tiene una fuerza que la hace germinar, crecer y dar fruto.

Si la Palabra de Dios encuentra un terreno propicio, es capaz de transformar una vida y hacerla fecunda en obras de bien, de verdad, de amor, de construcción de relaciones fraternas y transformadoras.

Dios siempre está sembrando en nuestros corazones la semilla de su Palabra, a todos sin distinción.

Es importante que nos preguntemos con qué clase de terreno nos identificamos cuando recibimos la semilla de su Palabra, y ojalá que seamos la tierra buena, porque ahí la semilla sí germina, crece y produce fruto abundante, crece en nuestra vida, en nuestras relaciones, en nuestro trabajo, en nuestra familia, y dé mucho fruto.
Esta Palabra está vinculada al oído. Jesús llama al que es capaz de abrir su escucha, es decir, su mente y su corazón a la Palabra, y solo éste será capaz de recibir toda la fuerza y la vitalidad de esa Palabra.
Cada domingo tenemos la oportunidad de recibir esta Palabra. Algunos la escuchan solo como un murmullo que se olvida. Otros sí la reciben en su corazón como un terreno fecundo y que fructifica en obras de fe.
El que recibe la Palabra en terreno fértil se convierte en un sembrador, en un multiplicador de la Palabra en favor de los demás. El discípulo es necesariamente un misionero. El que recibe la Palabra no se puede quedar con Ella, sino que la transmite, la siembra en el corazón de los demás.

Los padres de familia están llamados a ser siempre sembradores de la semilla de los valores en sus hijos, aunque pareciera que a estos no les interesa.

Los papás no se deberían de cansar de hacerlo, porque tarde o temprano esas semillas, sembradas en el corazón de los hijos darán fruto. Los hijos recordarán: “Esto me lo enseñó mi padre (madre), y ahora yo lo quiero vivir”.
No nos cansemos de sembrar la Palabra. Dios siembra la semilla en todos los terrenos, y no se cansa de hacerlo, esperando siempre, de nosotros, una buena respuesta.

Yo les bendigo en el Nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo.

@arquimedios_gdl

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