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LAURA CASTRO GOLARTE

Desde que empecé a investigar y a escribir sobre fray Antonio Alcalde, hace ya muchos años, me percaté de que es escasa la información relativa a las visitas pastorales que el prelado realizó, tanto las de la Diócesis de Yucatán, como la de Guadalajara.
Un trabajo que es básico para conocer un poco más el trabajo que realizó fray Antonio Alcalde en este aspecto, es de la Dra. Águeda Jiménez Pelayo, autora del estudio histórico titulado Visita Pastoral del Obispo Fray Antonio Alcalde a la Diócesis de Guadalajara 1775/1776 publicado en 1992 por El Colegio de Jalisco. Una obra que, hasta donde sé, está agotada, pero se conserva en el Archivo de la Causa de Canonización del Siervo de Dios Antonio Alcalde.
En la entrega de hace quince días en Faro y brújula me referí justo a la visita pastoral del fraile de la calavera, según lo documentado por la Dra. Águeda, sin embargo, el padre Ángel López Torres, me hizo la observación sobre el decreto Christus Dominus que cito con base en el trabajo de la historiadora, como el documento donde se ordena su obligatoriedad, porque ese data de 1965 y así es, efectivamente; es decir, no aplica para los tiempos de Antonio Alcalde y Barriga.

Sirva este espacio para hacer la aclaración correspondiente a manera de fe de erratas y para añadir lo siguiente: “La visita a las parroquias de una diócesis, conocida como ‘visita pastoral’, es una de las prácticas más antiguas de la Iglesia que permanece hasta nuestros días, cuyos orígenes se remontan a los primeros siglos del cristianismo. Las fuentes cristianas las recogen abundantemente y siempre han formado parte del ministerio de un obispo, pudiéndose incluir entre los actos fundamentales de la vida de la Iglesia desde sus comienzos. Practicada durante toda la Antigüedad, el desarrollo de su legislación canónica fue sintetizada en el Decreto de Graciano, escrito hacia 1140, donde se afirma que el obispo ha de visitar por sí mismo la diócesis, a ser posible cada año, siendo el objeto de la visita los clérigos y demás fieles, debiendo informarse del estado de vida, y también de los edificios, principalmente las iglesias”. Esta definición tan precisa es de María Milagros Cárcel Ortí, académica de la Universidad de Valencia, en su artículo “Una fuente para la Historia de la sociedad religiosa y civil: Las visitas pastorales” que publicó en 2016 en la revista Almogaren (núm. 58, pp. 11-52).

Después alude a la reforma del Concilio de Letrán en 1215 que afectó las normas relacionadas con las visitas; luego a las órdenes de Gregorio X de 1232 para que los obispos y arzobispos visitaran sus diócesis y arquidiócesis; enseguida relata cómo hubo un periodo de decadencia en plena Edad Media entre el siglo XIII y el XIV: “la usurpación de las funciones del obispo por parte de los metropolitanos, el protagonismo inadecuado de los arcedianos, las exenciones del clero regular y de los capítulos catedralicios, el centralismo y fiscalismo aviñonenses y las dificultades de orden político y religioso” (léase guerra de los Cien Años, la Peste Negra y el Cisma de Occidente). En este contexto, añade Cárcel Ortí: “los obispos se sienten poco animados a visitar sus diócesis, al apropiarse la Santa Sede del derecho de procura, quitando a las diócesis una fuente considerable de ingresos”.

Pasaron siglos para que las cosas cambiaran y bueno, me extiendo porque el tema es por demás interesante considerando, aparte, que las visitas pastorales siguen vigentes. Fue hasta la víspera del Concilio de Trento en 1545 cuando de nuevo hubo cambios, por supuesto no sólo con respecto a las visitas pastorales, pero también. En ese marco, hacia 1563 se publicó un decreto de reforma de la sesión 24 donde se fijaron las directrices (capítulo 3): “…la finalidad de la visita era controlar tanto la vida de los fieles como todo lo relacionado con el culto cristiano. La visita pastoral debía servir, sobre todo, para la cura animarum: corrección y control tanto del clero como de los laicos, al mismo tiempo que se atendía a los aspectos y objetos materiales necesarios para el culto litúrgico”.

Aparte de lo descrito en el artículo pasado sobre la visita del fraile de la calavera, debo agregar que, de acuerdo con la doctora Águeda Jiménez Pelayo, Alcalde le imprimió, como a todo, su propio sello. Estamos hablando del último cuarto del siglo XVIII, las reformas borbónicas y los cambios radicales (a los que se opuso sin éxito el obispo de Guadalajara) en el cobro del diezmo. El dominico cumplió con base en lo establecido, con creces: “En esta visita destaca la bondad y caridad del señor Alcalde ante las necesidades que observa. En Zapotlán dio mil pesos de limosna para la iglesia que se estaba fabricando; en Aguascalientes contribuyó con 200 pesos para el hospital de las viudas; en Zacatecas donó 750 pesos para el socorro de las viudas y el hospital”. En Jerez donó tres mil pesos: mil 500 para comprar maíz porque lo que prevalecía en el pueblo era una “excesiva pobreza”; y mil 500 para las viudas pobres.

Fray Antonio Alcalde no se contentaba con cumplir con la obligación (disciplina) sino que detectaba las urgencias y contribuía a su resolución (generosidad) más la sensibilidad de esa relación con la feligresía que le permitía distinguir las necesidades para actuar en consecuencia.

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