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Necesitamos LUZ, así, con mayúscula. Y para decirlo de manera más precisa a quien es LUZ. La luz con minúscula la tenemos diario. A todas horas del día la podemos encender y claro que nos ilumina. Nos ayuda, nos es útil para muchas cosas. Nos saca de apuros, nos resuelve algunos problemas. Pero esa luz no basta, no es suficiente. Necesitamos definitivamente de la LUZ, de la que san León Magno, en su Sermón 71, nos habla. “Jesús se apresuró a resucitar cuanto antes porque tenía prisa en consolar a su Madre y a los discípulos: estuvo en el sepulcro el tiempo estrictamente necesario para cumplir los tres días profetizados. Resucitó al tercer día, pero lo antes que pudo, al amanecer, cuando aún estaba oscuro, anticipando el amanecer con su propia luz”. El mundo había quedado a oscuras. La Resurrección es la gran luz para todo el mundo: YO SOY LA LUZ, había dicho Jesús; luz para el mundo, para cada época de la historia, para cada sociedad, para cada hombre. La palabra luz aparece en innumerables textos de la Biblia. En sentido propio y en sentido figurado. Me detengo en el sentido figurado que tiene un triple significado: felicidad, ciencia y vida. Y si de algo tenemos necesidad es justamente de eso. Felicidad en los rostros, felicidad en las relaciones familiares y sociales. Rostros alegres es lo que deseamos ver. Luz significa también protección. Dios protege y por eso hay felicidad. La Sagrada Escritura también habla de luz como ciencia: sabiduría, justicia, conocimiento y enseñanza. Como Dios revelador es una luz. Y como oposición a las tinieblas, es vida. Se conoce la luz de la vida, de los vivientes. Dios es dador de vida.
En el pueblo de Israel, lo señala el profeta Isaías, hay la conciencia de que el pueblo debe iluminar: “Arriba, resplandece, que ha llegado tu luz… caminarán las naciones a tu luz”. Y el mismo profeta concretiza. “Nuestra luz interior abundará cuando seamos caritativos: ¿No será partir al hambriento tu pan, y a los pobres sin hogar recibir en casa? ¿Qué cuando veas a un desnudo le cubras y de tu semejante no te apartes? Entonces brotará tu luz como la aurora…”.
San Pablo, por su parte, habla de las armas de la luz, de los frutos de la luz, de la luz que brilla en nuestros corazones. Ante esta iluminación desde la Biblia, no nos queda más que decir: Vaya que necesitamos de esa luz…, pero, ¿no nos aferramos a las tinieblas unos y otros? Todo indica que sí. ¿Dónde hemos dejado la sabiduría, la justicia, el conocimiento y la enseñanza? Pocos son los padres de familia que se ocupan de adquirir sabiduría, conocimientos y transmitir enseñanzas adecuadas, verdaderas y objetivas a sus hijos. Gobernantes y candidatos en campaña no siempre tienen sabiduría y conocimientos para llevar por buenas sendas al pueblo, a los que los eligieron con su voto y a quienes no. Por ello vienen trastabillando en un mar de injusticias, de mentiras, de caprichos. No sólo está en ellos buscar la luz. Está en nosotros pedir de esa luz, seguir al que es LUZ. Sólo así habrá alegría en nuestros rostros y corazones. ¿Por qué no lo intentamos?

@arquimedios_gdl

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