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LUIS SÁNCHEZ

La entrega pasada abordamos en este espacio la necesidad de una cultura de paz, término que la
Asamblea General de las Naciones Unidas define como: “Conjunto de valores, actitudes y comportamientos que reflejan el respeto a la vida, al ser humano y su dignidad; poniendo en primer plano los derechos humanos, el rechazo a la violencia en todas sus formas y la adhesión a los principios de libertad, justicia, solidaridad y tolerancia, así como la comprensión entre los pueblos, los colectivos y las personas”.
La cultura de paz, como su nombre lo dice, abarca una serie de elementos que en su aspecto integrador, nos permite una nueva manera de relacionarnos en los distintos ámbitos de nuestra vida social. Desde hace más de 10 años, la violencia del crimen organizado, la presencia de las fuerzas armadas en
la calle, los homicidios, feminicidios, personas desaparecidas, y otros tantos indicadores de seguridad en los que parecemos en números rojos, nos tienen sumidos en un proceso de descomposición social, en el cual cada vez hay menos espacios para el encuentro, el diálogo y la escucha. Desde la casa, la cuadra, la manzana, el barrio, la escuela o el trabajo, podemos observar como los entornos se han vuelto más hostiles, inseguros e incluso ajenos a nosotros.

Hace unas décadas, las calles y los espacios públicos eran puntos de encuentro para la ciudadanía;
en distintos lugares podían convivir personas de distintas clases sociales, gustos, afinidades e intereses. Sin embargo, hoy nuestras dinámicas de vida son muy distintas, nos trasladamos de la casa al trabajo
y viceversa, nos encerramos en nuestras casas por seguridad y procuramos evitar ciertos sitios
o no pasar en algún horario por determinado lugar, ya que lo sabemos como un punto de riesgo.
La violencia nos ha orillado a no confiar casi en nadie y dudar incluso de las buenas intenciones;
el ejemplo más claro es que si hacemos un ejercicio de conciencia, nos daremos cuenta de
que no sabemos el nombre de más de 5 vecinos a la redonda…

Por eso, hoy más que nunca necesitamos que la educación tenga un enfoque para la paz, en todos los ámbitos, no solamente el escolar, ya que como mencionamos en el artículo anterior, la situación de México es tan compleja, que requiere un abordaje integral, en el que ciudadanía, academia, gobierno,
iniciativa privada y organismos de la sociedad civil, conformen una serie de políticas, iniciativas, leyes, proyectos y lo necesario para trabajar temas de justicia, igualdad, solidaridad, democracia, diversidad cultura, libertad, respeto a las diferencias, resolución de conflictos, mediación, equidad de género, violencia de género, nuevas masculinidades, autoconciencia, meditación, inteligencia emocional, por mencionar tan solo algunos de los saberes y conocimientos que nos pueden llevar a replantearnos nuestra manera de ser y actuar con los demás, por más mínimo que parezca, pero gran parte de los patrones de violencia que se magnifican y replican allá afuera, tienen su origen en un determinado contexto, donde las maneras de relacionarse tienen su raíz en la violencia, y si realmente queremos
un cambio, se debe ir a la raíz para hacer un tratamiento de la enfermedad, no solamente dar aspirinas
para tratar un tumor cancerígeno que se sigue reproduciendo todos los días. De esto continuaremos hablando en la siguiente entrega.

@arquimedios_gdl

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