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En lo que conocemos como las parábolas de la misericordia (Lc. 15) encontramos el mensaje más importante de la Revelación de Jesús. Nos dicen quién es Dios y cómo es Él para nosotros, sus hijos.
Nos hablan de lo que experimenta Dios respecto a nosotros, sus hijos, cuando Él nos encuentra, cuando Él nos recupera, cuando volvemos a estar en comunión con Él. Experimenta una gran alegría.
Dios no es indiferente respecto a nosotros, sus hijos. No le da lo mismo si estamos con Él o lo olvidamos, nos busca siempre, está atento en qué pasos andamos, y pacientemente nos espera. Contamos para Dios porque nos ama, le importamos, y hace fiesta cuando nos recupera, cuando nos convertimos a Él, cuando volvemos a su amor.

Es un padre amoroso, que vive de una ternura permanente para con nosotros, sus hijos, nos extraña y no se deshace en reproches, regaños, advertencias, amenazas o castigos.

Lo único que Dios experimenta cuando nos recupera es un profundo gozo, y es capaz de improvisar una fiesta por esta felicidad de encontrarnos. Este amor lo vimos reflejado en la palabra y en la vida de Jesús. El que ve su comportamiento está viendo la forma de actuar del Padre. El Señor buscó a los
pecadores, los encontró, los perdonó y les pidió que, por su bien, no volvieran a pecar. No vino a buscar a los justos sino a los pecadores. No vino por los sanos, sino los enfermos. Vino tras la oveja perdida. Jesús es la revelación plena y total de la infinita misericordia de Dios. Esta misericordia del Señor no es solo para que la contemplemos y la agradezcamos, sino para que los experimentemos, sobre todo en cada celebración Eucarística.
En cada Misa Dios está con los brazos abiertos para aquellos que viven en paz con su conciencia, pero también está con los brazos abiertos para aquellos que no viven felices, que viven envueltos en el marasmo del mal y del pecado, que viven esclavos de vicios que no pueden superar.

En cada Misa nos abre sus brazos para recibir al que está cansado, al que está enojado, al que culpa al mismo Dios de los sufrimientos de las personas.

Nos abre sus brazos, así como somos, como andamos, y lo único que espera es que, acercándonos a Él, sepamos que nos busca, nos espera y que está a punto de echarnos el brazo, cubrirnos de besos y hacer una fiesta.

Si en ese momento no logramos experimentar esta alegría, no perdamos la esperanza, sigamos luchando, pero no dejemos de volver, porque nuestro Padre nos sigue buscando y está al pendiente de nuestro regreso, aunque volvamos otra vez manchados, con la cara de nuestro remordimiento.
Dios tiene compasión, tiene nuestra salud en sus manos. No dudemos en encontrarnos con Él en cada Misa, y aunque no podamos cambiar lo suficiente, no dejemos de volver. Un día Él nos dará la gracia de una sincera conversión para romper con el mal y abrazarnos para siempre en su amor.
Celebremos el ser que es Dios para con nosotros. Es ternura, hace fiesta para que regresemos con Él.

@arquimedios_gdl

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