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Fabián Acosta Rico

UNIVA

Liberados de todo esencialismo creacionista, el individuo de la modernidad liquida asume que el ser humano no es la perfecta, o si se pre­ ere, la completa obra de un ser divino y todo poderoso; por tanto, estamos facultados para realizarnos todas las modi­ficaciones y alteraciones que deseemos, incluidas las de cambio de sexo.

La pregunta obligada será ¿a qué edad el individuo posee la madurez su­ficiente para decidir un cambio de identidad que lo convierta en un transexual, es decir, en alguien que ha alterado, médicamente, su cuerpo física y hormonalmente, para adecuarlo al sexo que mental y emocionalmente a­firma es el correcto y no el dado por los supuestos azares de la reproducción humanas?

Entonces, ¿por qué la insistencia de otorgarles tempranamente un derecho que los rebasa como el de decidir su sexo?

No son pocos los casos de individuos que en su adolescencia, o incluso en su juventud, tomaron la decisión de convertirse en transexuales y terminaron arrepintiéndose. Un caso reciente fue el de Jay Langadinos, de Nueva Gales del Sur, en Australia, quien nació mujer, pero no se sentía como tal. En esa crisis que le sobrevino a las 19 años, un psiquiatra de nombre Patrick Toohey, le bastó tratarla una sola vez para prescribir que la sometieran a una terapia hormonal y a las operaciones pertinentes para su transición o conversión en hombre. Langadnos, quien ahora sufre por no estar conforme su con transformación, alega que Toohey actuó con negligencia y premura en su autorización y por eso decidió demandarlo.

Otro caso que tiene la agravante de que la demandante y afectada fue, en su momento, una menor de edad es el de Kiera Bell, una joven de 23 años, quien demandó a la clínica del Servicio Nacional de Salud británico por haberla sometido a un tratamiento hormonal cuando apenas tenía 16 años por, supuestamente, sufrir de disforia de género. A la vuelta del tiempo, se arrepintió y decidió demandar a los médicos que la trataron por no haberle hecho una valoración psicológica antes de catalogarla como transgénero.

La corte falló a favor de Keira, y al salir de los tribunales declaró que el suyo no era un juicio político; sino un acto de justicia y de concientización, ideado para proteger a los niños de no ser informados debidamente sobre las consecuencias que conlleva el ser sometidos a un tratamiento de bloqueadores de la pubertad.

Finalmente, tenemos otro caso, el de Alia Ismaiel, de Míchigan, quien, a los 18 años, tras no asumirse como mujer, al sentir, como se destila en estos casos, que había nacido en un cuerpo equivocado, decidió comenzar su transición a hombre en el 2014. Pasado el año, en agosto, se sometió a una cirugía de extirpación de senos. Aparejó a estas modi­ficaciones morfológicas, su reinvención social al asumir el nombre de Issa, cuando comenzó a tomar hormonas para incrementar su testosterona.

En este caso, la mujer no culpó a nadie de lo que consideró al ­final, allá por 2021, como una mala decisión; convencida de que lo suyo nunca fue, del todo, el ser hombre y, asumiendo su responsabilidad, decidió dar marcha atrás iniciando, a contracorriente, el camino a su reconversión, nuevamente, a su identidad de género inicial y de sexo biológico dejando de tomar hormonas masculinas y recuperando su nombre de nacimiento el de Alia.

@arquimedios_gdl

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