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LA PALABRA DEL DOMINGO Juan López Vergara

El santo Evangelio que nuestra Madre Iglesia nos invita a celebrar hoy, proclama el testimonio leal y fidedigno del más grande hombre entre los nacidos de mujer: Juan el Bautista. Este testimonio de quien confesó no ser digno siquiera de desatar las correas de sus sandalias, nos introduce maravillosamente en el corazón del ‘conocimiento interno de Cristo’ (Jn 1, 6-8. 19-28).

“ENDERECEN EL CAMINO DEL SEÑOR”
El Bautista fue un siervo de Dios que dedicó su vida a dar testimonio de la luz buscando siempre conducir a todos a la fe en Aquel que había cautivado su esperanza:

“Hubo un hombre, enviado por Dios: se llamaba Juan. ‘Este vino para dar un testimonio, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran en él. No era él la luz, sino quien debía dar testimonio de la luz” (vv. 6-8).

Cuando cuestionaron su identidad Juan aclaró que no era ni el Mesías, ni Elías, ni el profeta (véanse 19-21); pero enseguida le dijeron: “¿Qué dices de ti mismo?” (v. 22). El Bautista, entonces, recurrió a la Palabra de Dios anunciada por el profeta Isaías: “Yo soy la voz que grita en el desierto: ‘Enderecen el camino del Señor” (v. 23 compárese Is 40, 3).

“ES PRECISO QUE ÉL CREZCA Y QUE YO DISMINUYA”
Él no es la luz del mundo, sino únicamente una lámpara provisional (compárese Jn 5, 35). Juan nunca se comportó como “una caña agitada por el viento” (véase Lc 7, 24), porque respondió fiel y verdaderamente a su extraordinaria vocación de Heraldo de Dios como hombre de palabra: honesto, congruente, confiable. Juan se consideró a sí mismo sólo una voz, y declaró:

“Ustedes mismos me son testigos de que dije: ‘¿Yo no soy el Cristo, sino que he sido enviado delante de él […] Es preciso que él crezca y que yo disminuya’” (Jn 3, 28-30).

EL BAUTISTA NOS INCORPORA EN EL PROFUNDO MISTERIO DE CRISTO
Pero aquellos emisarios no se dieron por vencidos y le preguntaron “¿por qué bautizas si no eres el Mesías, ni Elías, ni el profeta?” (v. 25). Juan respondió:

“Yo bautizo con agua, pero en medio de ustedes hay uno, al que ustedes no conocen, alguien que viene detrás de mí, a quien no soy digno de desatarle las correas de sus sandalias” (vv. 26-27).

El evangelista tiene sumo cuidado en precisar que todo esto “sucedió en Betania, en la otra orilla del Jordán” (v. 28), para destacar el propósito revelador y moral de la historia, que conforme a nuestra fe cristiana entraña un valor absoluto. El Bautista nos incorpora así en el profundo Misterio de Cristo: ¿Quién es Aquel de quien ni el que es más que un profeta se considera digno de desatar las correas de sus sandalias?
Muy apreciables lectores, para actualizar la Palabra de Dios, en la gozosa liturgia de hoy, que celebramos el tercer domingo de Adviento, pidamos a la manera de san Ignacio: ‘conocimiento interno de Cristo’, que nos ayude a descubrir su inefable bondad; ‘conocimiento interno de Cristo’, que nos conduzca a seguir su ejemplo y pasar por el mundo haciendo el bien (compárese Hch 10, 38); ‘conocimiento interno de Cristo’, que nos lleve a vivir siempre alegres, orando sin cesar, dando gracias en toda ocasión, pues –como enseña san Pablo– es lo que Dios quiere de cada uno de nosotros en Cristo Jesús (compárese I Ts 5, 16-22)

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