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Fabián Acosta Rico, UNIVA

En la especie humana hay quienes aman a los animales y gozan de su compañía como mascotas; otros además sienten por ellos, desde un posicionamiento moral, un entrañable respeto y empatía al grado de que no consienten emplearlos como alimento, se reúsan a vestir ropa de piel y condenan el que sean empleados como entretenimiento circense o de cualquier otro tipo; los hay que además los admiran y desearían ser como ellos.

¿Envidiamos a los animales?

Algunos sí. Los hombres primitivos elaboraron todo un sistema de creencias totémicas que exaltaban el valor simbólico-religioso de algunos animales como los cuervos, los osos, los lobos, los bisontes.

Las bestias tienen una vida más plena gobernada por sus instintos más básicos; no se preocupan por acumular o ser aplaudidos. Más que humildes son sencillos. La sencillez y frugalidad traen paz y felicidad.  Con un sentido de más proximidad ontológica entre ser el humano y el resto de la especies, encontramos en las mitologías un surtido y abigarrado elenco de creaturas zoomórficas como los faunos, los centauros, las náyades, las arpías, etc.

La concepción de estos seres  híbridos puede que este determinada por cierta envidia humana; después de todo como especie, en lo físico, estamos bastante limitados; por ello, quizás,  nos resulta fácil ambicionar ciertas habilidades animales como el volar, el correr a gran velocidad, respirar bajo el mar… esos dones físicos nos atraen y hacen fantasear a más de algún artista, poeta o novelista; estos espíritus creativos, con su imaginación, maquinan seres de fábula o de caricatura como los ideados por Walt Disney o de anime; en este género el patriarca es, sin duda,  Hayao Miyazaki cuya obra más antropomórfica es el Porco Rosso.

Las ideologías permisivas

La posmodernidad declaró, con Nietzsche, difunto a Dios y con esta afirmación también le dio sepultura al ser humano como creatura perfecta concebida en la divina mente del Dador de Vida; así las cosas los individuos más que nunca se sienten con la libertad de reinventarse a su antojo o capricho.

Hay margen permisivo para todas las reinvenciones incluso para las más osadas como las del tipo trans-especie, de decir, si tú crees haber nacido no digamos en el sexo equivocado, sino que perteneces a otra especie: como el hombre que se asume como dálmata; adelante, estás en tu derecho de darte de baja como humano y asumir tu nueva identidad animal.

En este tenor también fue muy sonado el caso de la joven noruega, Nano, que a los 16 años adoptó los gestos y hábitos de un gato. Expuso su caso en YouTube y defendió su “transformación en felino” aseverando que un defecto genético la convirtió en una gata aprisionada en un cuerpo de mujer.

Estos miméticos amantes de los animales desearían efectuar la transición a un ser pos-humano que tuviera los rasgos y capacidades de algunos de los seres del vasto reino animal.

Es probable que la biotecnología, en un futuro no muy lejano, les cumpla su deseo y puedan dejar los mamelucos y las botargas para felizmente renacer como una gata o dálmata pos-humanos o mutante parecido a las bizarras creaciones del doctor Moreau o a los comics de Marvel.

@arquimedios_gdl

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